Somos viejos


Hubo un tiempo en que la vida en los pueblos gallegos se hacía en la calle. En la plaza, en la fuente o en la iglesia. De puertas (siempre abiertas, por cierto) para afuera. Pasados los años la vida empezó a hacerse en el bar, que no era solo un bar porque era también una tienda, una sala de estar para ver la tele y un locutorio telefónico. No es que hubiera mucho por lo que brindar, acodados y acomodados en la barra: se trataba de hacer coincidir en un puñado de metros cuadrados a los pocos que iban quedando, a los que resistían. A los que, cuando veían una cara nueva, no podían evitar el «E ti, ¿de quen vés sendo?».

Ahora, en muchos pueblos, la vida se hace en los tanatarios. Fúnebre contradicción. Algunos son edificios full equipe, con todas las comodidades y las prestaciones. Lo que haga falta, oiga. Uno no se muere todos los días. Otros son locales vecinales, pequeños y apurados. Con ventanas de aluminio, sofás de escay y sillas desparejadas. Pero el aroma agobiante de las flores es el mismo y el murmullo de los pésames (teacompañoenelsentimiento) suena igual porque en ningún momento de la vida -en ningún momento como en la muerte, en realidad- somos tan iguales a los demás.

Galicia envejece y se muere sin que los 21.000 niños que nacieron en el 2012 sean capaces de alterar la media. Por primera vez en lo que va de siglo XXI las muertes superan en 10.000 a los nacimientos. Somos menos. Somos viejos. Y lo sabemos. Lo que no está claro es cómo vamos a solucionarlo. ¿Tiene solución?

El empleo y los servicios sociales podrían ser el factor que alterase esta ecuación. Pero no parece que estemos en condiciones de despejarla.

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