Pero ¿a alguien le gusta la política en España?


Según un cierto relato popular, la dedicación a la política constituye una fuerza irresistible. Es decir, una especie de enajenación de los sentidos por virtud de la cual quien quiere entrar en ella o seguir, una vez dentro, lo hace porque es incapaz de contenerse frente a la tentación de lo que unos llaman vocación de servicio y otros la erótica invencible del poder.

De ser cierta esa versión, que biografías como las de Churchill o Lincoln podrían confirmar, el político no haría otro cálculo que el que lo acerca o lo aleja del poder y de los objetivos que desde él quiere alcanzar. Quien haya visto la última película de Spielberg, una suprema obra de arte, habrá podido comprobar que lo que marcó la ejecutoria del presidente norteamericano que abolió la esclavitud fue una obsesión por convertir sus ideas en decisiones y por hacer de estas la verdadera justificación de su poder.

Yo sé bien, claro, que no todos los políticos pueden enfrentarse, ¡por fortuna!, a desafíos tan trascendentales como ganar una guerra o devolver la libertad a varios millones de esclavos. La inmensa mayoría de los políticos se dedican a labores menos épicas, aunque luchar por el empleo, la justicia social o el adecuado y limpio funcionamiento del sistema democrático presenta también una dosis de heroísmo cotidiano: el de quien entrega su vida, día a día, en el servicio a los demás.

Por eso, descubrir que una gran parte de los que presumen de tal disposición están en realidad vendiéndonos una burra que quieren hacer pasar por caballo de carreras resulta decepcionante y doloroso. Y es que, si uno mira alrededor, y salva las honrosas excepciones de rigor, todo indica que los políticos españoles están en donde están porque esa es la forma más confortable de vivir.

Aquí, por lo que se ve, ni hay pasión por el poder, ni vocación de servicio, ni más erótica que la que debe producir que te paguen un sueldo del que gran parte no tributa fiscalmente (caso de los senadores y diputados nacionales y autonómicos), que a ese sueldo se le añada un sobresueldo y, a poder ser, unas dietas sustanciosas, y, si hay suerte, una indemnización para que te salga gratis la vivienda.

En tiempos, se decía de Suárez -quizá para denigrarlo, como otras cosas- que comía a diario una tortilla francesa en su despacho, de donde apenas salía, obsesionado y angustiado por cumplir el compromiso que había adquirido con millones de españoles.

No estaría de más que nuestra clase política, que vive hoy en una auténtica orgía de privilegios y prebendas, se mirase en el espejo de aquel hombre que, cuando todos sus colegas menos uno (Santiago Carrillo) se tiraron por el suelo, se mantuvo sentado en el escaño mientras a su alrededor silbaban los balazos. Y es que a Suárez lo que le gustaba era, sin duda, la política.

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