Celta y Deportivo: el fútbol como metáfora

OPINIÓN

03 jun 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

Un amigo de Carballo, al que mi oficio de politólogo le resulta muy gracioso -«como un podólogo, dice, que lima os callos e uñas da cabeza»-, me hizo ayer esta intrincada pregunta: «¿Ten algo que ver a caída do Dépor coa catástrofe das caixas, co derrube de Pescanova, coa estafa das preferentes e coa praga dos desafiuzamentos?». Mi primera tentación fue echar mano de un tópico y darle un consejo expeditivo: «Procura no mezclar las churras con las merinas». Pero luego lo pensé mejor y decidí responderle en este artículo.

Porque cada vez tengo más claro que la crisis en sí no existe, como no existe, salvo para los maniqueos, el principio activo del mal. Mucha gente cree que los denostados políticos son bivalentes, y que unas veces se equivocan para bien, y montan burbujas que nos hacen vivir en el paraíso, y otras veces se equivocan para mal, y nos envían a la penuria del infierno. Pero la realidad es que la crisis solo es un revelador de la realidad, que pone blanco sobre negro todo aquello que ya existía pero que no queríamos ver. Y eso en Galicia se traduce en esta extraña sensación de que donde veíamos unas cajas fenomenales y chapadas en oro no había más que estructuras apolilladas hechas con cartón piedra y pintadas con purpurina. Y que aquella empresa ejemplar llamada Pescanova, clave de la marca Galicia y símbolo del nacionalismo empresarial, falseaba facturas, perdía dinero y ocultaba su situación en una maraña de filiales esparcidas por medio mundo. E incluso nos desvela que los magníficos ahorradores gallegos, elogiados por la banca internacional a causa de su penetrante intuición y de su responsable manejo del crédito, somos en realidad unos seres descuidados, que no leemos un solo papel ni calculamos nuestros medios de pago, y que en cuanto viene el primer tornado nos arranca la capa y nos deja el culo al aire.

Y aquí llega el diagnóstico final. Al Celta lo salvó la gracia de Dios. Y al Dépor no lo descendieron los jugadores, ni la afición, sino una quiebra económica aterradora que se traslada a todo el proyecto deportivo, y que -ahora sí- pone en peligro la continuidad del invento. Y de esto, quiero advertirlo, no tienen la culpa ni Merkel, ni Rajoy, ni la crisis, sino una forma de gestionar que confunde las apariencias con las realidades y que al final nos pone en todo -piense en los aeropuertos, la Ciudad de la Cultura, los hospitales público-privados, las universidades y hasta la acuicultura- al borde del abismo.

El Deportivo debe volver a Primera. Pero no debe trabajar para volver pronto, sino para volver bien. Y el Celta debe aprovechar este soplo de fortuna para hacer un proyecto viable, y no para dormirse en los laureles. Porque si todo se hace como hasta ahora seguiremos en vilo y temiendo la inexorable catástrofe. Como siempre. Como en todo.