Scott, el prisionero de Zelda


Lo tuvo todo. Y se dejó ir hasta que se acabó. Ahora que se estrena la nueva versión de El gran Gatsby aparecen textos sobre Scott Fitzgerald. Hasta en Estados Unidos editan las anotaciones que el autor hacía del dinero que cobraba y de cómo lo iba dilapidando. Su estilo es tan brillante que ciega. Es muy difícil escribir a su altura. Tal vez, Truman Capote, a veces. Fitzgerald definió como pocos una época, pero decidió malgastar su talento como si se tratase de una propina. Cumplía el mandamiento cruel del genio dentro de una botella, una botella de alcohol. Bebía tanto como escribía para poder mantener su tren de lujo de vida. Está dicho que fue en el amor un prisionero de Zelda, su mujer. La amó a pesar de sus desequilibrios. La amaba cuando ella estaba internada en una clínica psiquiátrica y le enviaba ángeles recortados con la cara de Scott sobre las alas. Jamás dejó de sangrar por esa herida. Ahora su Gatbsy y la luz verde del malecón de Daisy es Leonardo DiCaprio, como antes fue Robert Redford. Sabía que las palabras más leves bien ubicadas son las que más pesan. Nadie como él para la miel de la melancolía. Jamás la tristeza tuvo tanta sed.

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Scott, el prisionero de Zelda