¿Estudiantes españoles? No, conejillos de indias


E l PSOE acaba de proclamar respecto de la ley educativa que proyecta el Gobierno del PP lo que este prometió en su día respecto de la aprobada por el anterior Gobierno socialista: que la derogará en cuanto tenga mayoría. ¡Ahí es nada! Un presagio funesto, como funesto fue su precedente, que demuestra que, en materia educativa -no solo en ella, pero en ella desde luego-, el grado de sectarismo e irresponsabilidad de la clase política resulta insuperable.

Y así, cuando la experiencia comparada enseña de forma incontestable que la estabilidad del marco regulador del proceso educativo es esencial para sus buenos resultados, PP y PSOE decidieron ya hace años que cada nueva mayoría parlamentaria, cuando no cada ministro, adoptaría su ley educativa. Un disparate mayúsculo que prueba que uno y otro han perdido ese sentido del Estado que hace avanzar a los países, sustituido aquí por el nefasto patriotismo de partido. Así le va a nuestra educación: primaria, secundaria y universitaria.

El mismo hecho de que los grandes temas del proyecto del PP objeto de debate sean la religión y la Educación para la Ciudadanía, la repetición de curso o el régimen legal de los colegios privados pone de relieve que, enfangados en peleas ideológicas de importancia educativa secundaria, nadie quiere abordar aquí los problemas de verdad: un diseño curricular disparatado, por excesivo, que olvida aquella sabia reflexión de George Sand («El mejor modo de no saber nada es aprenderlo todo a la vez»), diseño que disuade de estudiar a los muchos alumnos que no pueden con carga tan pesada; un sistema ramplonamente memorístico, que ha olvidado por completo las habilidades para la expresión oral, como se comprueba en la universidad año tras año; una enfermiza obsesión por los exámenes, que amarga la vida a los alumnos desde que son apenas unos niños; o una patológica presión constante con la enseñanza del entorno más cercano (historia, ríos o escritores) que se traduce en que los chicos deben saberlo todo de la geografía regional, la supuesta obra de literatos locales conocidos en su casa a la hora de comer y las gestas históricas de su comunidad, mientras que desconocen el nombre de los grandes ríos europeos, quién fue Gustave Flaubert o cómo tuvieron lugar las revoluciones francesa o norteamericana de las que todos somos hijos.

Por eso, al oír hablar frívolamente de educación a nuestros diputados y ministros, nos quedamos sobrecogidos pensando en cómo estos ven a nuestros hijos: como simples conejillos de indias, que les servirán para practicar el último experimento que ha salido de unas mentes embotadas por los intereses de partido, la obsesión electoral y la preocupación permanente sobre cómo mantenerse en sus puestos respectivos. Esa, aunque dura, es la verdad.

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¿Estudiantes españoles? No, conejillos de indias