El desprecio nacional del talento


Mucha competitividad, mucha competitividad, pero de boquilla. Mejor dicho: solo aquella que se deriva de la bajada de salarios, porque permite producir más barato. De la impulsada por el Gobierno, las instituciones o los grandes motores de la economía que debieran ser los bancos, cero patatero; nulidad absoluta. No es que carezcan de iniciativa; es que frenan las iniciativas que salen de la sociedad y de los creadores; es que son un muro insalvable de incompetencia, de falta de miras y, si me apuran, de ausencia de patriotismo. Creo que se puede demostrar con tres historias de las últimas 48 horas.

Primera historia. Una pequeña empresa catalana ganó un concurso internacional para diseñar y explotar las bicicletas públicas de alquiler en Copenhague. Fue un espaldarazo para cualquier empresa y una oportunidad para el ingenio español, porque ellos mismos habían inventado el modelo y porque debían surtir a la capital danesa de 11.000 vehículos. Han leído ustedes bien: once mil. La empresa se puso a buscar financiación y todas las entidades de crédito se la negaron. Tuvo que renunciar al concurso y como mal menor, vender la patente a un promotor danés. Ganaron algo de dinero, pero se quedaron sin negocio y sin patente. Así se hace país... en Dinamarca.

Historia número dos. Conocí a un ciudadano de Levante que inventó un aparato singular: permite que el agua de la ducha salga caliente nada más abrir el grifo. Calcula que, con un número determinado de aparatos instalados en España, se podría ahorrar el agua que se consume cada año en los hogares de Madrid. Al intentar comercializarlo, tampoco encontró financiación bancaria ni ayuda pública. Si este año hubiera sequía, las Administraciones públicas gastarían en publicidad aconsejando ahorro de agua bastante más de lo que costaría lanzar ese proyecto. Pero lejos de nosotros la funesta manía de promocionar el talento.

Y tercera historia, la del joven de Foz Diego Martínez Santos, que contó La Voz. No hace falta repetir su caso: mejor joven físico experimental de Europa, y para nuestra Secretaría de Estado de Investigación no tiene nivel para financiar su regreso a España. Estamos tan altos en avances científicos, que el mejor físico europeo merece nuestro desprecio. Así seguimos haciendo país... en Holanda, que es donde Diego trabaja. ¿Se enterará de estas cosas el señor Rajoy, o está solo en los devaneos de su alta política y su altísima economía? Si se entera y lo permite, ya sabe por qué no salimos del hoyo: porque seguimos negando la inteligencia y cerrando puertas al capital humano. Quizá esté llegando a la conclusión a la que han llegado los más preparados: en Alemania, Dinamarca u Holanda se está mucho mejor.

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