Hablemos claro sobre los pactos partidistas


Tras más de cinco años viviendo la peor crisis económica que ha atravesado este país en mucho tiempo, sorprende, hasta el escándalo, que los dos grandes partidos españoles hayan sido incapaces de impulsar un gran acuerdo nacional para combatir la recesión y luchar por el empleo.

Tal acuerdo fue imposible mientras el PSOE estuvo en el Gobierno y el PP en la oposición y ha seguido siéndolo cuando, tras las elecciones, cambiaron las tornas para ambos. ¿Por qué? Tal es, sin duda, la pregunta del millón, pues saber por qué los partidos no han logrado cerrar ese gran pacto debería permitirnos corregir un comportamiento tan pernicioso para todo y para todos.

La gran tentación consiste, claro está, en contestar echando la culpa primero a Zapatero y Rajoy, y luego a Rajoy y Rubalcaba, supuestamente únicos responsables de una forma de hacer que si ellos hubieran querido podría haber sido muy distinta.

Sin negar, desde luego, la influencia que las personas ejercen en la marcha de la historia, creo, sin embargo, que los grandes acuerdos para impulsar la salida de la crisis no han sido posibles sobre todo por la forma en que se ha ido conformando, poco a poco, la política de partidos en nuestro sistema democrático.

Ciertamente, por más que los partidos proclamen que su razón de ser reside en la defensa de los intereses generales, la pura verdad es que persiguen el poder como fin fundamental: para eso nacen y esa y no otra es la razón que explica su existencia. Los partidos son, como ha escrito Sartori, instituciones que luchan por colocar a sus candidatos en cargos públicos, lo que significa que su acción se dirige esencialmente a ese objetivo.

Digámoslo, por tanto, sin tapujos: los grandes pactos para salir de la crisis son muy difíciles porque a los partidos de oposición no les convienen; y no les convienen porque esos partidos son conscientes de que sus posibilidades de llegar al Gobierno aumentan de manera exponencial si la crisis no mejora. Así de terrible, así de claro. Rajoy lo sabía cuando gobernaba Zapatero, y Rubalcaba lo sabe ahora cuando es Rajoy quien ocupa el palacio de la Moncloa.

Es obvio que esa estrategia del cuanto peor, mejor (peor para el país, mejor para quien está en la oposición) resulta tan miserable y tan impresentable, que los dirigentes partidistas (de ámbito nacional, autonómico y local) se sienten obligados a hacer a la política de pactos algunas indispensables concesiones (sobre todo de imagen y retóricas) para no aparecer como lo que realmente son: profesionales que viven con la esperanza de que a quien gobierna le vaya todo mal como medio para llegar ellos mismos al Gobierno. Ese, caiga quien caiga, es el juego al que, por desgracia para todos, asistimos desde que los profesionales de la política se hicieron los dueños de la cosa.

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