Un fracaso anunciado


El Gobierno cerró su primer año con un fracaso absoluto en su gestión económica. Rajoy ha puesto la reducción del déficit público como objetivo central, casi único en realidad, de su política económica. Por eso cerrar el 2012 con el 10,6 % de déficit, colocándose como el peor entre los 27 países de la Unión Europea, es un fracaso sin paliativos.

Aun restando el coste del rescate bancario el déficit recurrente es del 7 %, un fracaso estrepitoso que se ve agravado porque en el 2012 el Gobierno sometió a la sociedad española al mayor proceso de ajuste de nuestra historia democrática. La sanidad, la educación, la dependencia, la protección social, el I+D, las becas y las matrículas de los estudiantes, las pensiones, los empleados públicos, las prestaciones por desempleo, la política industrial, la inversión pública, la universidad, los jóvenes, los trabajadores con la reforma laboral? todos hemos sufrido en nuestra propia carne las tijeras de podar de Rajoy.

El gasto público, excluido los rescates bancarios, se ha reducido en un 6 % en términos reales sobre el año 2011, que a su vez fue inferior en un 5 % al del 2010. Una caída por lo tanto del 11 % en dos años a pesar de que el Estado ha tenido que pagar 11.000 millones de euros más por los intereses de la deuda.

Y no solo recortes en el gasto, sino que también hemos sufrido en el primer año de Rajoy la mayor subida de la fiscalidad conocida en décadas, afectando a casi todas las figuras impositivas, en especial el IVA. Y sin embargo este enorme incremento de la presión fiscal sobre la inmensa mayoría de los ciudadanos apenas ha tenido repercusión en los ingresos de las Administraciones públicas. Los ingresos públicos, básicamente impuestos y cotizaciones, solo se incrementaron el 0,6 % en el 2012, un porcentaje tan bajo que de hecho se convierte en una reducción, en términos reales, de casi el 2 % si se tiene en cuenta la inflación. El fracaso es por lo tanto absoluto, porque no se alcanza el objetivo de reducción de déficit y por el elevadísimo precio que estamos pagando.

Es la crónica de un fracaso anunciado, porque la política de austeridad extrema está provocando una recesión de la economía que se acerca, cada día más, a convertirse en una depresión. La caída de la actividad, y por lo tanto del empleo, tiene como inevitable consecuencia la propia caída de las bases imponibles de los impuestos. Y eso hace inútil el aumento de los tipos impositivos. Así de claro. Con el PIB cayendo al 2 % anual, según el último dato del Banco de España, la consolidación fiscal es imposible. Si seguimos con el austericidio solo habrá más sufrimiento, más dolor, se destruirá más tejido productivo pero no habrá ninguna mejoría real ni en el déficit ni en la deuda pública.

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