Mi más sentido pésame, estudiantes boloñeses


Próximos ya los exámenes finales de nuestras universidades, no me resisto a levantar la voz, como profesor, como padre y como ciudadano, para poner de relieve mi estupefacción creciente, y mi abierta irritación, por un sistema de enseñanza que, mucho más desde la entrada en vigor de las reformas nacidas del infausto Plan Bolonia es, dicho en dos palabras, un verdadero despropósito. O, mejor aún, un conjunto de despropósitos que producen, como efecto final, un sufrimiento injusto, inútil y, por tanto, gratuito a los estudiantes y, pese a ello, un resultado desastroso de sus esfuerzos por enfrentarse a unas carreras que, para decir la verdad, son tan de obstáculos como las que pueden verse en los hipódromos.

Sea, hay estudiantes que se rascan la barriga y no pisan la facultad más que para pasearse por las llamadas ligotecas. Y hay profesores que trabajan lo justo para que no se les abra un expediente. Con unos y con otros, cualquier sistema, aun el diseñado por el pedagogo más comprensivo, bondadoso e inteligente (si es que tal cosa existe sobre la superficie de la Tierra), estaría condenado de antemano. Pero, siendo cierto que hay estudiantes vagos y profesores desidiosos, la pura verdad es que los malos, cuando no malísimos, resultados finales de decenas de miles de alumnos universitarios tienen que ver con un diseño del estudio y de los procedimientos para su calificación que difícilmente podrían ser peores.

Que un estudiante tenga diez, once o doce asignaturas a lo largo de un curso es una auténtica locura. Que la asistencia a las clases de esa legión verdadera de materias le suponga toda la tarde o toda la mañana -cuando no parte de la una y de la otra- es algo tan descabellado que no se le ocurre ni al que asó la manteca. Que los exámenes comiencen prácticamente al día siguiente de terminar las clases (mis alumnos acaban el 13 de mayo y tienen un examen el 14) constituye no solo una crueldad, sino una forma estúpida de provocar justamente lo contrario de lo que debería perseguirse: que los alumnos estudien para aprender y no para aprobar. Que, en fin -aunque la lista de desvaríos podría ser interminable-, los estudiantes hayan de examinarse de todo un cuatrimestre en un período de en torno a tres semanas es la mejor forma de que la universidad se convierta en un inmenso campo de calabazas, que desanima a todo el mundo y deja en ridículo nuestros estudios superiores.

¿Es este un asunto irrelevante? No, me parece fundamental para el bienestar de los estudiantes y sus familias, la reconciliación de los profesores con su trabajo, la imagen social, interna y externa de nuestras universidades y el futuro de un país cuyos desafíos se superarán en no pequeña medida dependiendo de la calidad de su enseñanza primaria, secundaria y superior. Casi nada.

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