El papa del fin del mundo


Cuando hace casi ocho años salió humo blanco de la chimenea de la basílica de San Pedro, Ratzinger era el favorito, pero no el preferido, para llevar el anillo del pescador. Un grupo de jóvenes resumían en la plaza el sentir mayoritario en una pancarta con la leyenda «No Martini, no party» (Sin Martini, no hay fiesta), haciendo un juego de palabras con el jesuita arzobispo de Milán, hoy ya fallecido, el candidato con más entusiastas, quien dejó dicho «las iglesias son grandes, pero están vacías». Pero apenas unos minutos después, cuando Ratzinger pasó a ser Benedicto XVI, se disipó toda desconfianza. Para los 1.200 millones de católicos quizás fuera el cardenal de unos pocos, pero Benedicto XVI se convirtió desde el instante de su proclamación en el papa de todos ellos. La historia juzgará si fue un buen pastor. También lo hará con Jorge Mario Bergoglio, quien, al contrario que Ratzinger, no figuraba en la lista de cardenales favoritos pero que ya ha entrado en la historia como Francisco, y por su condición de jesuita y por sus orígenes. Ayer, en sus primeras palabras, dijo que los cardenales fueron a buscar al papa al fin del mundo. Hoy solo cabe esperar que use la extraordinaria influencia que ya tiene para intentar que el mundo, y todos los fines del mundo, sean mundos mejores.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
21 votos

El papa del fin del mundo