Obispo de Roma


No sé si Benedicto XVI había pensado su renuncia como una especie de gran catequesis a la medida del año de la fe que había decretado. Pero, premeditada o no, el tiempo que ha discurrido entre el anuncio de su renuncia y la aparición en la logia de San Pedro del nuevo papa Francisco ha sido de hecho una gran catequesis. Durante un mes, los ojos del mundo han estado pendientes de lo que ocurría en Roma y, poco a poco, la gente ha reaprendido algo de los modos que utiliza Dios para darse a entender a través de su Iglesia: una forma de hablar que produce siempre sorpresa, porque no es la nuestra.

La imagen y las primeras palabras del papa Francisco, la propia elección del nombre, dicen mucho sobre las diferencias a la hora de entender, por ejemplo, conceptos como el poder o la fama. Basta comparar el sobrio despliegue de gestos y exhortaciones del nuevo papa con las de cualquier otra persona que asuma algún poder sobre la Tierra, por diminuto que sea. Basta con caer en la cuenta de que el nuevo papa, como casi todos los que le han precedido, prescinde tanto de sí mismo que abandona hasta su nombre: es decir, el identificador más evidente de su personalidad, justo lo contrario de lo que hace quien busca la fama y el poder.

Poco después de las siete y diez de la tarde de ayer escuché tañer extemporáneamente las campanas de la iglesia de Santa Lucía. Pensé que anunciaban la fumata blanca y así era, como pude confirmar gracias al móvil. Una chimenea, unas campanas, un móvil, la televisión IP del Vaticano dando la señal en directo a través de miles de webs de todo el mundo. No importan tanto los medios como entender lo que se nos dice.

Mucha gente habrá tomado buena nota de la prioridad del papa Francisco, que insistió en presentarse como obispo de Roma sabiendo que le miraba el mundo: la oración. Rezó por Benedicto XVI y pidió, inclinado, oraciones para él. Debería resultar fácil no defraudarlo.

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