Magnum gaudium: la catolicidad pide paso


La gente de mundo, como dicen los cardenales, había planteado el debate entre aperturistas y conservadores, entre italianos o no italianos, entre las nuevas iglesias del África negra y las ya viejas iglesias de América, y por eso se pronosticaba un cónclave más complicado, o de consensos más trabajosos. Pero el debate no era ese, sino la simple búsqueda de un papa que subraye su pontificado con la idea de catolicidad. Y eso lo hacía todo más fácil, y convierte algunas preguntas en irrelevantes.

Lo singular de esta elección, o de la espera transcurrida entre la fumata blanca y el Habemus Papam, es que nadie se atrevió a pronosticar la nacionalidad del nuevo papa. Finalmente fue argentino -Jorge Mario Bergoglio-, de habla española y apellido italiano. Pero pudo ser brasileño, salvadoreño, canadiense, norteamericano, filipino, ruandés, húngaro o italiano. También pudo ser blanco o negro, jesuita o del Opus, teólogo o químico. Y eso, así planteado, es la primera vez que pasó. Porque este papa, jesuita y químico, que pasa de la sotana negra a la blanca, rompió todos los pronósticos, dejó en ridículo a los vaticanólogos, e hizo que la Iglesia saltase el Atlántico sin salpicar a nadie en el aterrizaje.

Porque la Iglesia tiene ansia de catolicidad, de pensarse y definirse para todos, de generar expresiones éticas y doctrinales asimilables y entendibles desde todas las culturas, y de responder a las preguntas bien y mal intencionadas que, con referencias mayoritarias a los actos de contrición que tenemos que hacer los cristianos, y al correspondiente propósito de la enmienda, tenemos que responder con mucha caridad, enorme prudencia y cierta rapidez.

Para los que analizan la elección desde la simple curiosidad, o desde la importancia sociológica y política que se le sigue atribuyendo al fenómeno religioso -y a la Iglesia católica especialmente-, puede tener sentido continuar con los análisis electorales determinados por los problemas, las herencias y las coaliciones de poder heredadas del pontificado anterior. Pero los cristianos tenemos derecho a plantear este análisis en un plano distinto, que tradicionalmente fue también más certero, que reconoce en cada pontificado un nuevo tiempo, un nuevo compromiso y una nueva libertad. Algo así como si el Espíritu Santo hubiese venido de verdad.

Para mí también es gozoso y esperanzador que su santidad Francisco I sea jesuita, restaure la influencia de las congregaciones tradicionales, que haya empezado su pontificado con algo tan sencillo como rezar un padrenuestro, y que antes de bendecir al orbe cristiano, les haya pedido a los fieles que le bendijesen a él. Porque tengo la sensación de que todo lo que está sucediendo desde que Benedicto XVI presentó su renuncia suena a cambio, a salud y a un enorme sentido de responsabilidad.

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