Don Tacañón, con mando y coche oficial


Ha sido anunciarlo Soraya, y ya le pusieron nombre: el sheriff. Se trata de una figura nueva que se añade al amplio elenco de nuestras Administraciones: el responsable de vigilar que ayuntamientos y autonomías no se salgan del presupuesto, gasten lo que exige Bruselas y ordena Montoro, y amenace con el infierno cada vez que un alcalde o conselleiro caiga en la tentación del gasto. Es decir, que el Gobierno va a resucitar a don Tacañón, aquel personaje del Un, dos, tres, pero supongo que sin esmoquin ni bombín. Solo con coche oficial.

La figura promete, porque nacerá con rango y liturgia: se hará una ley orgánica; se le dotará de amplios poderes, porque tendrá que vigilar, por ejemplo, el gasto en embajadas de Cataluña, si para entonces sigue siendo parte de España. Me parece bien, aunque con algunas reservas.

Reserva número uno: que su coste no sea mayor que el gasto que va a vigilar, porque vendrá acompañado de cargos intermedios, chóferes, dietas, secretarías, gastos corrientes, ocupación de espacio y desplazamientos por los 8.000 municipios de España.

Reserva número dos: no acabo de entender que haya que poner un policía al lado de cada servidor público para controlarlo y evitar que caiga en el pecado del dispendio. Si el Estado no confía en sus propios administradores, ¿cómo quieren que confiemos los administrados?

Reserva número tres: ahora que se trata de combatir la duplicidad de funciones en las Administraciones públicas, me temo que esto servirá para duplicar la función de control de otros órganos de la Administración. Por ejemplo, la muy prestigiosa Intervención General del Estado. Por ejemplo, el Tribunal de Cuentas, que tanto prometen reforzar. Y no digamos el ardor guerrero de don Cristóbal Montoro.

Y reserva número cuatro: esta figura puede estar sugerida por la Unión Europea, como casi todo lo que se hace en este país. Puede copiar otra que, al parecer, existe en Estados Unidos. Y puede dar resultados magníficos de ahorro. Pero me tienen que explicar dos cosas. Una, por qué el Gobierno central se escapará de su control, como si fuera un dechado de racionalidad en el gasto. Y la otra, hasta dónde quieren llegar con la austeridad, porque veo noticias de la sanidad pública, en franco deterioro por falta de personal. Veo los efectos de los recortes en educación, y hacen sonar las alarmas. Veo lo ocurrido con la dependencia y creo que el perdedor es el sentido social. Y veo el deterioro del asfalto en las carreteras, de las calles de las ciudades y de muchos monumentos, y me sale una conclusión: estamos ahorrando una inmensidad, pero nos vamos a quedar sin patrimonio. Y después, que lo recupere don Tacañón.

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