El drama de la desafección política


La desafección o distanciamiento entre la política y la sociedad civil existente hoy en España es una lamentable y triste realidad que tiene su origen, a mi juicio, en la incapacidad de los partidos políticos (básicamente, los dos principales) para hacer útil y efectiva la intermediación entre ciudadanos e instituciones públicas. Esta incapacidad funcional no suele ser reconocida por las organizaciones mencionadas, cuestión que introduce mayor complejidad al problema. Naturalmente, los partidos políticos son imprescindibles para el funcionamiento democrático, pero también pueden generarle deficiencias y daños diversos.

Por ejemplo, las personas que integran una lista electoral, así como determinados cargos públicos, deberían tener siempre oficio conocido y un tiempo prudente de permanencia. La primera condición permite el regreso a la profesión -por las razones que sean- sin generar conflicto ni hacer ruido. La segunda condición racionaliza el proceso y evita el acomodo excesivo de las personas en los cargos mencionados. Las resistencias del político acomodado existen, pero no suelen reconocerse. El partido se convierte así en el responsable directo de una situación que debería estar prevista y reglada. Y eso explica, en parte, que las energías destinadas a reproducirse en el poder superen con creces a los esfuerzos que se precisan para atender los problemas reales de los ciudadanos.

Otra cuestión relevante es incorporar la mentira al proceso político, sin asumir costes ni responsabilidades. La versión más sublime la protagonizó el presidente del Gobierno cuando nos dijo que incumplió su programa electoral porque tenía que cumplir con su deber. Y se quedó feliz. ¿A quién se debe el presidente fuera del pueblo español? ¿Por qué ocultó las políticas que pensaba aplicar? A nadie se le escapa que el presidente sí conocía la realidad económica y política del país cuando ganó las elecciones, así como las medidas que pensaba aplicar. Cualquier otra versión sería demoledora. Pero esto nos lleva a preguntas inquietantes. ¿Se fundamentó la victoria del presidente en mentiras relevantes? Y de ser así, ¿dónde situar los límites de la legitimidad democrática? La desafección política existe porque estos comportamientos desesperan al ciudadano. Y los partidos deben ser muy conscientes de ello. La indiferencia o la soberbia es aquí un fracaso garantizado.

¿Y qué decir de los problemas ligados a la financiación de los partidos? Porque esa es otra. Si la legislación crea dificultades, aparecen pronto circuitos alternativos de financiación. Pero alimentar el discurso político y los códigos éticos que la política exige, con dinero negro, no deja de ser un esperpento excesivo que debería estremecernos a todos.

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