Mientras haya romanos existirá Roma


Cuando Alarico saqueó Roma, a principios del siglo V, se extendió por el Imperio un pesimismo general. El poder era débil, los funcionarios corruptos, las legiones estaban empantanadas en la frontera del Rin, el trigo de África no llegaba con regularidad, las glorias de la cultura latina y del arte romano se estaban eclipsando, y el desorden social y económico se apoderaba de las ciudades. Y fue entonces cuando san Agustín hizo sobre Roma el discurso exactamente contrario al que estamos haciendo en España: «Roma non perit si romani non periunt». Frente a la idea de que el fundamento y la solución vienen del orden institucional y político, de nuevos códigos y controles, o de un reforzamiento conceptual del Estado -«la imagen de España», se dice ahora-, el obispo de Hipona se dio cuenta de que la regeneración progresa en la dirección contraria. «Roma no perecerá -dijo- si no perecen los romanos»-. Y, basándose en la fuerza e identidad de la comunidad cristiana, inició el prodigioso relevo que hizo la Iglesia en el poder de la ciudad eterna e inabarcable cantada por Virgilio.

Para Agustín era evidente que la fortaleza y el orden del Estado vienen de la sociedad, y no a la inversa. En su lógica no había más explicación para la caída de Roma que el previo derrumbe cívico y moral de la sociedad romana. Y esa es la razón por la que, en vez de apelar a una revisión de la política, de las leyes, del orden constitucional y de la imagen del Estado, con la esperanza de que los ciudadanos recibiesen esa misma regeneración de forma infusa, hizo el camino a la inversa, apelando a los ciudadanos y confiándoles la regeneración de Roma.

El gran obispo estaba en lo cierto. Primero hacen crisis las sociedades y después los imperios. Primero se corrompen los ciudadanos y después las instituciones. Primero aflojan las cuadernas de la virtud cívica y después aparece la legión de pillos que descarnan como gusanos el esqueleto del Estado. Por eso es inútil regenerar por arriba si antes no se interpela con fuerza y autoridad a la gente y se le hace ver por qué hemos llegado hasta aquí. Y mucho me temo que en España estemos apuntando hacia un modelo de regeneración tan equivocado como el del arquitecto que, deseando pasar a la historia, levanta su torre soberbia sobre las dunas de la playa.

Lo malo es que para tomar el camino de san Agustín hay que ser muy valientes. Porque a la sociedad no le gusta ser enfrentada con sus responsabilidades. Lo fácil es lanzar las diatribas hacia arriba y las adulaciones hacia abajo, para ganar la doble complicidad del que está dispuesto a ser criticado a cambio del poder y del que acepta ser redimido a cambio de la adulación. Pero la lógica de San Agustín es aplastante: Roma no puede ser mejor que los romanos. Y España tampoco es peor que los españoles.

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