El bus de Mónica como metáfora de España


U n infierno: eso era para Mónica Patricia, según su familia, el bus escolar que la transportaba a su colegio. La joven Mónica Patricia se suicidó en Ciudad Real el miércoles pasado para liberarse del acoso al que algunos compañeros la tenían sometida.

Tras leer la trágica noticia, mi irritación fue mayor aún que mi tristeza, pues, por más vueltas que le doy, no logro entender cómo quienes viajaban con Mónica -el chófer, pero también sus restantes compañeros- no hicieron nada para evitar la barbarie del acoso. Y es que uno puede comprender que haya un grupo de malvados que vejen a una joven y la obliguen a ir de pie en el autobús todos los días, pero incluso a mí, que tengo en la condición humana poca confianza, me resulta inconcebible que ningún chaval tuviera el coraje y la decencia de plantarles cara a los acosadores, defendiendo al débil contra quienes abusan de su fuerza contra él. Si las escuelas de España no sirven para enseñar algo tan elemental es que no sirven para nada.

Aunque terrible, el episodio podría servir, sin embargo, y por extraño que pueda parecer a simple vista, como metáfora del funcionamiento de un país en el que nadie en la sociedad quiere ser responsable de sus actos, de modo que siempre hay una teoría socorrida para echar la culpa de todo a los demás: a las autoridades educativas, en el caso de Mónica Patricia, que no pudieron evitar lo que deberían haber impedido antes que nadie sus propios compañeros, si hubieran tenido el sentido de la piedad y la empatía que se le supone a cualquier ser humano digno de tal nombre.

Ningún ciudadano catalán ha tenido responsabilidad alguna en el drama en que hoy se encuentra Cataluña, pese a haber dado la mayoría una y otra vez a partidos que podían acabar por llevarla al desastre de la independencia. Como ningún vasco tuvo nunca tampoco ninguna responsabilidad en tolerar -por omisión o por acción- al grupo terrorista más brutal y sanguinario de todos los existentes en Europa occidental.

Bajando el diapasón, hoy se ha generalizado la idea, para discrepar de la cual hay que ser un verdadero temerario, de que ni uno solo de los titulares de hipotecas que no pueden abonarlas tiene responsabilidad en su desgracia; y la de que absolutamente todos los titulares de participaciones preferentes fueron objeto de un burdo engaño que les permitía conocer los beneficios pero ninguno de los riesgos de su compra. El lema nacional es, en conclusión, el de que «todo el mundo es bueno», salvo los que mandan.

Nadie podrá acusarme de no haber hablado aquí hasta el hartazgo de las responsabilidades de autoridades administrativas, financieras o políticas. Pero hacerlo sin subrayar también de vez en cuando las de la sociedad es la mejor manera de que todo siga como está: de pura pena.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
90 votos

El bus de Mónica como metáfora de España