Ilusión desbordante en las elecciones gallegas


Aunque la acción política lo abarca todo, y los motivos que determinan el voto son muy variados, siempre es posible establecer algunos temas relevantes que centran los debates de la campaña, de los que cabe deducir la salud política, económica y social del país en que vivimos. Los vascos, por ejemplo, van a decidir la estructura política de la paz, y salvar su soberanía fiscal de la torpe tempestad levantada en Cataluña. A los catalanes les preocupa Mas, que, habiendo interpretado la manifestación de la Diada en términos maximalistas -así de fino lo dice un colega de Barcelona que no sabe si quiere ser Estado independiente o región «bien entendida»-, acaba de meter a los electores catalanes en un peliagudo dilema.

¿Y los gallegos? ¿Cuáles son los temas que dominan aquí y que nos llevan ilusionados a las urnas? El tema central es la Pokémon, que además de ponernos ante la evidencia de una corrupción extendida, cutre y minifundista, lo mezcla todo con prostíbulos, policías, conseguidores, cuchipandas propias de un país que lleva el hambre en los genes, y miles de manos que hemos ido quemando al ponerlas en el fuego por gente que no lo merecía. Pero esto no es más que el comienzo del ambiente ilusionante que voy a describir brevemente.

Porque la firma con Pemex también se las trae, ya que somos el único país que puede firmar el contrato del año (dos floteles), preámbulo necesario del contrato del siglo (una escuadra como la de Temístocles), sin que nadie pueda concretar si vale para algo o es puro teatro. Que la izquierda nacionalista se haya dividido en tres, que dos de esas izquierdas giren en torno a proyectos personales, y que todo redunde en la práctica imposibilidad de una alternativa al PP también se me antoja muy ilusionante. Y que la derecha proponga visiones tan incardinadas en la realidad gallega como la UPyD de Rosa Díez y la SCyD de Mario Conde es para echar cohetes, repicar campanas y hacer un botellón nacional a la salud del futuro.

La guinda la ponen los Presupuestos del Estado, que mantienen vivos todos los proyectos nacidos del localismo y el derroche electoralista del tiempo de las vacas gordas; que insisten en todos los errores que nos llevan a la invertebración infraestructural y productiva y a que muchas inversiones nos cuesten más de lo que pueden producir; y que nos ponen ante la evidencia de que ni siquiera una crisis tan letal como esta nos fuerza a confesar nuestros viejos pecados, a romper con las inercias del pasado y a iniciar un proceso de regeneración para el que se agotan las oportunidades.

Por eso se palpa en Galicia la ilusión electoral. Porque en un tiempo de tanta zozobra, desorientación y riesgo colectivo, las tres opciones que tenemos son: creer en los milagros, rebuscar en la basura, o seguir -como siempre- cada uno a lo suyo.

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