«Tuppergate»

Fernanda Tabarés
Fernanda Tabarés OTRAS LETRAS

OPINIÓN

La memoria es muy mentirosa. Piense en el peor episodio de su vida y lo recordará barnizado de cosas buenas que en realidad no pasaron. Un viaje insufrible reaparece con los años empaquetado de vibrante aventura. El compañero pelma se ha convertido en un tipo original; la fonda infecta, en un pintoresco hotel y, además, aquella gastritis inducida por un guisote incomible y la falta de sueño nunca existieron, como si el hipocampo se hubiera olvidado de archivarlo. Hasta una agónica espera aeroportuaria, tediosa, improductiva y alienante se parece al evocarla al viaje de Theroux. Debe de ser una especie de trampa psicológica para seguir adelante. Si las malas sensaciones fueran tan tenaces como las buenas, acabaríamos encerrados en casa, escarmentados y agotados. Pero a veces el pasado dibuja un bucle y reaparece actualizado como lo que fue: una porquería. Lo acaba de hacer a través de un humilde tupper, que ya viene a ser a la crisis española lo que las cacerolas fueron al corralito argentino. De cativos, cuando devorábamos propaganda sobre el estilo de vida americano a través del televisor, había una escena recurrente: por las mañanas, las madres introducían en las mochilas de sus hijos bolsitas con comida para el almuerzo. El gesto era muy extravagante porque nuestras comidas eran en casa, sobre un mantel de cuadros y con una cuchara que nos permitía encarar un contundente potaje de lentejas con zanahorias. Pero aquello de la bolsita nos gustaba. No sé, parecía sofisticado, moderno... y la clave para tener aquellas casas con dos pisos. Mentira. La bolsita ya está aquí. Tiene forma de tupper y demuestra que aquellos niños de la tele solo comían fatal. Como nosotros ahora.