Breivik reaccionó con una sonrisa de satisfacción a la lectura de su condena por ser el frío asesino de 69 jóvenes en la isla de Utøya y otras ocho personas más en Oslo. Cuerdo y en la cárcel. Era lo que el quería, ser declarado penalmente responsable, para presentarse como adalid de la ideología execrable que defiende y no como un demente. El ingreso en un centro psiquiátrico, era para él «peor que la muerte». Un rasgo más de su «personalidad narcisista, que no psicótica», como apuntó el juez Wenche Elisabeth Arntzen. A más de uno quizás se le revuelva las tripas, pero ahora Noruega solo busca cerrar un trauma nacional. Olvidar que uno de sus propios ciudadanos un julio del 2011 rompió el equilibrio de un país tranquilo, tolerante y orgulloso.