Modelo castizo y nueva diplomacia económica


Hace años cuando se le preguntaba a Fuentes Quintana por las características del modelo económico español siempre decía que era único y singular, castizo. No le faltaba razón. Pasados varios quinquenios de aquellas fechas volvemos a pensar en cómo plantear un nuevo modelo productivo para salir de la actual recesión.

Mirando la vista atrás, tenemos que entre 1995-2088 la economía española se acercó a Europa y el diferencial en renta per cápita de España respecto a la UE se redujo más de siete puntos, hasta aproximarse al 100 % de la misma. Dicho crecimiento se basó en utilizar más recursos, pero sin que aumentase la productividad. Es decir, el modelo de crecimiento nos obnubiló de tal manera que, a pesar de unas diferencias negativas de la productividad con respecto a otras economías europeas, el anotar importantes aumentos de empleo, al amparo de una realidad artificial como fue el bum inmobiliario, hizo que nos olvidáramos de los fuertes desequilibrios.

La economía española suma varias tendencias: discreta evolución de la productividad; los costes por unidad de trabajo aumentan más que la productividad; una pérdida de competitividad de las empresas; dicho deterioro se traslada a la balanza comercial; por tanto, la acumulación de desequilibrios obliga a la economía española a depender de la financiación exterior; y la consecuencia de dicho círculo es la generación de unos relevantes déficits sostenidos que van acumulando elevadas necesidades de financiación externa.

Este patrón de crecimiento ha llegado a su fin. Y es preciso adoptar un nuevo modelo productivo basado en mejoras sustanciales tanto en la productividad como en la competitividad. Esto es, hacer que la base del modelo sea más eficiente y apostar por reorientar la producción hacia el exterior para resolver nuestras necesidades de financiación. O sea, basado en la productividad, la competitividad y en la capacidad para generar demanda interna sostenible; y no basada en endeudamientos externos y crecientes.

Para poder plantear estos pilares se recomienda partir de los recursos que disponemos; lograr, a partir de los mercados, que dichos recursos se asignen más eficientemente; y establecer políticas públicas que coadyuven a esta orientación. Es decir, políticas proactivas, no políticas de austeridad.

Las fortalezas que posee la economía española se delimitan por tres elementos: las infraestructuras, el capital humano, y el liderazgo de las empresas. Sin embargo, no conseguimos ser el foco geográfico estratégico de la economía mundial. De una parte, apenas nos hemos concentrado en desarrollar modos de transporte multimodales que permitan la inserción en las redes globales de las cadenas de valor. Tampoco hemos logrado ser un lugar atractivo para la formación y el desarrollo de la investigación, asistiendo a una relevante fuga de cerebros hacia otras latitudes. Y, finalmente, las empresas españolas en su conjunto no están integradas en el comercio internacional, al punto que nuestra participación en los flujos mundiales del comercio es menor que la ponderación que representamos en la producción global del planeta. Nos falta, pues, diplomacia económica que satisfaga nuestras necesidades y demandas.

Las empresas españolas apenas apuestan por la diferenciación de productos respecto a sus competidores y, en pocas ocasiones, su producción está asociada hacia las fases de mayor valor añadido (diseño, marca, producción especializada, etcétera). Y continuamos perdiendo competitividad y nichos de mercados, con la inevitable marginación y aislamiento.

Nuestro esfuerzo ha de estar concentrado en políticas económicas que busquen la mejora de la eficacia de la inversión pública (mediante análisis coste/beneficio y estudios medioambientales); una mayor transformación de la Universidad (aprovechar el talento y eliminar la burocracia); un programa para estimular la internacionalización de empresas (con apoyos financieros y políticos); y un plan para atraer multinacionales de alta intensidad en I+D (captar sus desarrollos tecnológicos).

Los cambios han de provenir desde las instancias gubernamentales y de las propias empresas. A las primeras hay que recordarles que las trabas existentes para funcionar son muy elevadas, como lo acaba de resaltar el World Economic Forum en su estudio Reducing Supply Chain Barriers. Y, a los segundos, que afrontar los nuevos desafíos exige cambios en el tamaño. Lo que nos hace diferentes a los países más dinámicos es el tamaño, pues este explica gran parte (alrededor del 30 %) de los diferenciales de productividad.

Por Fernando González Laxe Catedrático de Economía, expresidente de la Xunta

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