Una regioncita con su parlamentito


Si la idea de recortar el Parlamento de Galicia me parece una paletada, propia de quien no acierta a valorar su función, o de quien aprovecha la crisis para asegurarse una mayoría que hoy se le antoja dudosa, la respuesta de la oposición, centrada en la cuestión electoral, me parece igual de cutre y lamentable, ya que cualquiera puede pensar que la única razón por la que el BNG y el PSOE se oponen a estas tristes rebajas de otoño es la de alimentar la ilusión de un nuevo bipartito.

El argumento fundamental para mantener los actuales 75 escaños, que también podría servir para aumentarlos a 80, es la forma en que trabajan los Parlamentos, en los que más del 70 % de su actividad -la menos vistosa, pero la de mayor trascendencia- depende de las comisiones legislativas y especiales, permanentes y no permanentes, que determinan el correcto funcionamiento de la institución.

Si el Parlamento funcionase solo en pleno sería casi indiferente que tuviese 50 o 75 diputados, siempre que su distribución territorial evitase primar las posiciones conservadoras. Pero al trabajar en comisiones, que deben ser entre 7 y 11, y tener la suficiente autonomía y representación para funcionar de forma continuada y por tercios simultánea, resulta un disparate mantener una Cámara de 61 diputados, de los que no más de 50 serían operativos. Porque si tal propósito de buen funcionamiento se antoja muy difícil con tres fuerzas parlamentarias, la hipotética presencia de otros grupos minoritarios haría imposible la proporcionalidad y condenaría al Parlamento a la ineficiencia absoluta. Por eso hay que decir que en el Parlamento se puede ahorrar, como en todo, pero no se puede reducir su tamaño.

Claro que mi razonamiento se refiere a un Parlamento que reúna en su seno a lo mejor de la clase política, que celebre debates de altura, y que sirva para conectar la calle con la política institucional. Y en este punto, lamento reconocerlo, me gana por la mano Alberto Núñez, ya que, después de haber reducido el pazo de O Hórreo a la talla política de Liliput, nada debería extrañar que el número de escaños sea acorde con la miseria general de tan devaluada institución.

¿Se imaginan a Cataluña y al País Vasco reduciendo sus Parlamentos para ahorrar un millón de euros al año? Ya sé que no. Porque sus Parlamentos, propios de identidades nacionales asumidas y ejercidas, sirven para debatir la autonomía fiscal, las reformas estatutarias, los modelos policiales y el avance general del autogobierno, mientras el nuestro, propio de una región que no cree en sí misma, solo sirve para un continuo «y tú más» que aburre a las piedras. Y si la lógica dice que un Parlamento de verdad nunca debe reducirse, también dice que a un Parlamentiño como el nuestro le pueden sobrar, si me apuran, los 61 gregarios que le van a dejar.

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