¡Qué poco valor, señor Gayoso!


Llegó a la caja siendo casi un niño. Medró y medró hasta convertirse en director general de Caixavigo, primero, y de Caixanova, después. No contento con mantenerse en la dirección general hasta los 75 años, maniobró para poder quedarse en la presidencia, asumiendo funciones ejecutivas que antes no tenían los presidentes.

Mientras los cargos le dieron poder y relevancia social, Julio Fernández Gayoso no tuvo problema en ser prácticamente la única cabeza visible de la caja, sin dejar que ningún otro ejecutivo de la entidad figurase. Pero ahora que han llegado los malos tiempos, que hay que dar la cara y reconocer los errores cometidos (y los hay después de una gestión tan larga, y especialmente de unos últimos años tan convulsos), ha decidido lavarse las manos.

Gayoso ha olvidado que la grandeza de un buen gestor se mide, en primer lugar, por los resultados de la empresa o entidad que dirige. Pero en segundo lugar, por la capacidad para asumir la responsabilidad por los errores cometidos. Esta mañana, en el Congreso, era el momento de estar a la altura. Pero no supo. O no quiso. ¡Qué poco valor, señor Gayoso! En lugar de aprovechar la última oportunidad que le quedaba para salir de allí como un caballero, ha escondido la cabeza como un avestruz y ha culpado de los errores a los ejecutivos a los que antes no dejaba asomar. ¡Menudo broche para el final de su carrera!

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¡Qué poco valor, señor Gayoso!