8.116 municipios: ¿alguien da menos?

Roberto Blanco Valdés
Roberto L. Blanco Valdés EL OJO PÚBLICO

OPINIÓN

20 jul 2012 . Actualizado a las 07:00 h.

Los ayuntamientos gallegos, por boca de la federación que los agrupa (la Fegamp), acaban de proclamar un no rotundo frente a las muy tímidas reformas anunciadas por el Gobierno con la (ilusa) pretensión de poner orden en un ámbito -el local- donde el desorden ha llegado a extremos pavorosos. No solo eso: la Fegamp se ha pronunciado además contra la rebaja de las retribuciones de alcaldes y concejales, de modo tal que a los únicos a los que se reducirá el sueldo en los ayuntamientos será, finalmente, a sus maltratados funcionarios. Inenarrable.

Cuando, comenzando el último tercio del siglo XIX, los liberales avanzaban en Italia hacia la construcción de un Estado unificado, una parte de la aristocracia territorial, que veía peligrar sus seculares privilegios, decidió adoptar una actitud de colaboración con los cambios que venían como única forma de conservar una parte de su poder a cambio de entregar otra a los revolucionarios. El novelista Lampedusa dejó constancia de esa actitud en la frase -hoy archiconocida-que pronuncia el protagonista de su más célebre relato (El Gatopardo): «Si queremos que todo permanezca como está, es necesario que todo cambie».

Muy lejos de tales sutilezas, los profesionales de la política (local, provincial o nacional) vienen aplicando en España, en lo que se refiere a sus privilegios de clase, una máxima de una rotundidad apabullante: «Si queremos que todo permanezca como está, es necesario? que todo permanezca como está». Más claro, el agua.