El islamista Mursi, presidente de Egipto


S i a Hassan al Bana, el maestro egipcio nacido en 1906 en la pequeña Mahmudía, fundador en 1928 de la organización islamista Hermanos Musulmanes, le hubieran dicho que un alto representante de la misma, el candidato del Partido de la Justicia y Libertad, el anodino Mohamed al Mursi, accedería a presidir Egipto tras un proceso democrático, no se lo habría creído, como tampoco la mayoría de nosotros.

El levantamiento egipcio de comienzos del 2011 logró lo que nadie esperaba: el abandono de Mubarak, tras 30 años, y el inicio de la difícil singladura hacia una democracia real tutelada por un Ejército que no renuncia al poder. La invalidación de las elecciones por la Corte Suprema, el 14 de junio, por haberse vulnerado la separación de los candidatos entre los pertenecientes a partidos y, por lo tanto, sujetos a listas cerradas y los candidatos en listas abiertas del sistema proporcional ha impedido que los partidos islamistas -Justicia y Libertad con el 49 % de los escaños y el salafista Al Nur con el 20 %- controlasen la nueva Asamblea. Y si bien la Corte emitió su dictamen con legalidad, el resultado cumple las expectativas del Ejército, enemigo acérrimo de todo lo islamista desde el atentado fallido contra Nasser en 1954 y el asesinato de Sadat en 1981. Un Ejército que apoyó modificar la ley de partidos en el 2007 para prohibir la constitución de partidos religiosos y que supervisa con mano de hierro la transición democrática.

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