Pero ¿queremos de verdad un banco gallego?


L a dimisión de Fernández Gayoso como copresidente de Novacaixagalicia ha sido la consecuencia natural de un hecho que la convertía en simplemente inevitable: su imputación por la Fiscalía Anticorrupción como presunto autor de un delito de apropiación indebida, imputación admitida a trámite por la Audiencia Nacional.

Con su marcha y la del otro copresidente, Mauro Varela, días antes -también tras una dimisión, debida en su caso a unas declaraciones imprudentes sobre los poseedores de participaciones preferentes-, el proceso que comenzó con la fusión de nuestras cajas experimenta una ruptura: ninguno de los ejecutivos que habían estado en su puente de mando sigue ya en puestos directivos.

Situados en este punto, quizá ha llegado el momento de que el Parlamento de Galicia y sus partidos se planteen qué resulta hoy más urgente: si investigar los motivos por los que dos entidades fundamentales en la reciente historia de Galicia han llegado a encontrarse en la situación financiera en que hoy se halla el banco que nació de su fusión; o luchar por que ese banco sea reflotado en lugar de liquidado, si ello es económicamente posible, evitando así que los depósitos de cientos de miles de gallegos vayan a manos de administradores entre cuyos proyectos no figurará apostar por el futuro de todos los gallegos.

Que no se me malentienda: no hablo de que el Parlamento no investigue, como seguro es su deber, lo acontecido con las cajas. Planteo nada más que quizá la prioridad es hoy la defensa del futuro de Novagalicia Banco, como entidad autónoma, frente a las pretensiones de que esta sea engullida por alguno de los grandes bancos nacionales.

Si tal fuera el caso, y creo sinceramente que lo es, de lo que ahora se trata no es de tirar piedras contra nuestro propio tejado o de aprovechar de nuevo el tema de las cajas para la refriega partidista, sino de reafirmar que, más allá de los efectos que la crisis ha tenido en las antiguas cajas gallegas -una crisis, no se olvide, que arrasó también los balances de otras muchas entidades financieras en los cuatro puntos cardinales del planeta-, esas cajas han jugado un papel esencial en la reciente historia de Galicia.

Basta con mirar al pasado, pero si, por acaso, hiciera falta un argumento adicional en apoyo de la posición que ahora defiendo, podríamos mirar hacia Alemania, donde las cajas de ahorros siguen existiendo como entidades vinculadas a los Länder para promover su desarrollo y la defensa de sus intereses particulares en el contexto conjunto del Estado federal. Y es que no sería fácil entender que aquello que los entes federados alemanes entienden esencial viniese a ser al fin considerado irrelevante por las sociedades civiles y políticas de las comunidades autónomas españolas.

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