Elogio del bozal como bien público


H aría falta que el rey de España se volviera a cabrear y dijera a unos cuantos: «¿Por qué no te callas?». Desde hace tiempo, este cronista viene anotando cómo los vaticinios catastrofistas alimentan la crisis. No tengo datos para avalar esa tesis, pero parece elemental que, si la economía tiene un importante componente psicológico, el anuncio de la catástrofe atrae la catástrofe. Si a un inversor le dicen que la recuperación no asomará hasta el 2016, no arriesgará su dinero hasta ese año. Si a un ciudadano le anuncian que su empleo está en peligro, procurará no gastar porque no sabe qué puede necesitar, y paraliza el consumo. Y si los agoreros crean un clima pesimista, el pesimismo contagia a toda la sociedad. En esa fase estamos.

Vuelvo a esas reflexiones después de leer las últimas declaraciones políticas y los escritos de ese gurú, premio Nobel de tanta fama llamado Paul Krugman, el que nos anuncia el corralito para el mes que viene. A ese profesor Krugman, al que muchos buscan en sus blogs y artículos -parece que publica uno por hora-, y lo creen como si fuera la reencarnación del Profeta, hay que decirle que ya está bien. Y lo mismo a quienes lo airean como una religión. No se puede crear el pánico entre la población y los clientes de los bancos anunciando alegremente un corralito en España o Italia. Es inmoral hacerlo, cuando ni siquiera se produjo una situación así en Grecia. Si hubo bancos que después de sus palabras han registrado retiradas de efectivo, tendrían que querellarse contra él. Y tendría que querellarse el propio Reino de España por deteriorar todavía más la ya decaída confianza en su sistema financiero.

Sobre las declaraciones políticas, un apunte: señores gobernantes, cuiden sus palabras y que algún experto mida antes sus efectos en la opinión. Si don Luis de Guindos dice que España «ha tomado todas las medidas que estaban en su mano», puede ser muy sincero, pero ¿qué mensaje envía a los mercados? Que ya no hay nada más que hacer, que se ha agotado el repertorio de soluciones y estamos a merced del destino. Entre los brotes verdes que se le aparecían cada mañana a ZP en el desayuno y el futuro con que nos obsequian los ministros actuales a la hora de comer, digo yo que habrá, debería haber, un término medio: el de contar lo que hay, ofrecer un diseño coherente de las medidas que se adoptan y decirnos los frutos que se esperan conseguir. Ya no basta con celebrar el récord de reformas. Si en este momento hay un consenso nacional, está en exigirle al Gobierno un relato completo de su obra e intenciones. Mande que alguien lo haga, señor Rajoy. Es la única forma de combatir a los Krugman y evitar los efectos de sus visionarias profecías.

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Elogio del bozal como bien público