El señor Merkel y las sillas del Gaiás


Les contaré algo que les parecerá a ustedes probablemente inconcebible: cuando el marido de Angela Merkel viaja con ella en el avión oficial de la cancillería debe pagarse su billete. La pasada Semana Santa la pareja fue a la isla italiana de Ischia a descansar, y el señor Sauer, en lugar de abonar los 1.300 euros que le hubiera costado acompañar a su mujer en el avión presidencial, prefirió viajar por su cuenta en un vuelo de low cost.

La «austeridad» de sillas y séquitos

Tal comportamiento llama en España la atención no porque sea estrafalario sino porque está a una distancia sideral de lo que, para desgracia nuestra, se ha convertido aquí en una práctica común: el abuso y el despilfarro típicos de nuevos ricos manirrotos.

Por ejemplo -y por seguir con el asunto de los viajes-, lo cierto es que gran parte de nuestros dirigentes nacionales, autonómicos y locales han encabezado una y otra vez auténticas expediciones que, con las más variadas disculpas, acababan convirtiéndose en excursiones para hacer turismo con cargo a fondos públicos. Una vergüenza que pocos se atreven a denunciar, quizá porque bastantes de los que podrían hacerlo (la intelectualidad de guardia, por ejemplo) resultan ser algunos de sus beneficiarios más directos. El novelista Muñoz Molina, que no tiene más compromiso que el que debe a su conciencia, escribió sobre ello un texto memorable (Estado de delirio), que todavía puede leerse en Internet.

En realidad, esa mentalidad que parte de que el dinero público, lejos de ser todos, no es de nadie y puede por tanto gastarse a manos llenas, como si la suerte de ganar las elecciones fuera la misma que la de quien ha hecho pleno en la ruleta, es la que explica muchas cosas: por ejemplo las obras faraónicas (que en ningún sitio como en España se han prodigado en las dos últimas décadas, lo que ha convertido a nuestro país en la meca de arquitectos de moda y diseñadores de vanguardia, que vienen aquí como quien lo hiciera a Jauja), los gastos suntuarios escandalosos (esas sillas a 333 euros para la Ciudad de la Cultura, que piensan comprarse cuando la crisis arrecia como nunca) o los séquitos de escándalo, sin los que muchos de nuestros políticos no son capaces de salir de sus despachos.

Y así, quizá debido a la austeridad de los países del norte a la que se refirió el sociólogo Max Weber (1864-1920) en una obra que es ya un clásico (La ética protestante y el espíritu del capitalismo), mientras que en Alemania -una de las primeras potencias industriales del planeta, con un paro más de tres veces más bajo que el de España-, el marido de la canciller se paga de su bolsillo su billete, aquí seguimos, en plena crisis, tirando el dinero público a lo loco en sillas puturrú, en libros editados oficialmente que acabarán abandonados en un sótano, o en películas de tanto éxito en pantalla que reciben más subvención de lo que ganan por taquilla: la última de Julio Medem recaudó 200.000 euros menos del dinero que recibió del Ministerio de Cultura que dirigía su colega.

Poner punto final de una vez y de raíz a tal escandaloso despilfarro no acabará, desde luego, con la crisis, pero plantearse en serio que hay que hacerlo indicaría un cambio de mentalidad absolutamente indispensable para que podamos salir de ella en el futuro.

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