Esta libertad de mercados, ¿para qué?


É ramos pocos y parieron las instituciones. Como si de una sentencia se tratase, debemos disponernos a fabricar todavía más paro, todavía más desaliento, todavía más quiebras. El Banco de España, siguiendo la estela de negras profecías anteriores, anuncia un año de dura recesión que no sorprende, porque ya estábamos avisados. A estas alturas de la película de terror que estamos protagonizando, confieso que lo único que me preocupa es si habrá dinero para socorrer a tantas personas que están sin empleo y a tantas que se van a quedar sin empleo.

Por si esto fuera poco, el FMI nos hace el regalo del año: pide que Europa aumente el fondo de rescate para que podamos superar nuestra «crisis de solvencia». Vaya por Dios. Estábamos tan contentos porque desde que llegó Rajoy pagamos la mitad de intereses, y resulta que seguimos siendo poco solventes. Si esto lo hubiera dicho una de esas agencias de rating que trabajan para quienes hacen negocio con nuestra ruina, yo estaría llamando a los guardias: ¡eh, guardias, que nos siguen queriendo robar! Pero lo dice la gran autoridad financiera mundial. Y ante ella no puedo llamar a los guardias. Solo puedo llamar a la coherencia.

Vamos a ver: ¿de dónde surge la crisis de solvencia? Según la señora Lagarde, jefa del Fondo, de que tenemos que pagar costes de financiación «anormalmente altos» con «consecuencias desastrosas». ¿Y qué ocurre con el diagnóstico de tan ilustre señora? Lo obvio: si nos sitúa en el borde de la incapacidad de pagar, los hijos de perra de los mercados encarecerán más la deuda y nos lo pondrán más difícil todavía. Un punto más de intereses es la forma más directa para que Montoro nos vuelva a subir los impuestos o los parados se queden sin subvención. Ese es el acongojante favor que la señora Lagarde nos acaba de hacer. Alimenta, prolonga y hace más agobiante la crisis.

Por eso tengo necesidad de gritar algo imposible, pero urgente: ¡a la porra la ortodoxia económica! Si los intereses que pagamos son anormalmente altos en solvente opinión de Lagarde, son anómalos. Si son anómalos, son ilógicos e injustos. Y si son injustos, alguien tiene que impedir que se cobren y solo enriquezcan a aprovechados y especuladores. Ya sé que esto va contra la lógica del mercado y su libertad. Ya sé que 47 millones de españoles no valemos un pimiento al lado de una de esas agencias o de uno de esos compradores de deuda. Pero, precisamente porque lo sé, miro los dictámenes de los expertos, pondero sus lamentables efectos sobre la confianza, pongo en la balanza las necesidades sociales, me pido el último puesto en la fila de indignados y manipulo la pregunta de Lenin a Giner de los Ríos: esta libertad de mercados, ¿para qué?

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