SI LO PIENSA, no compra. Pero no lo piensa. Porque la racionalidad no siempre es idónea para el ser humano. Nos mueve el afán de jugar, o sea, la esperanza. La esperanza es un juego que jugamos para sobrevivir. Por eso usted, como yo, entró hace tiempo en la administración de lotería número probablemente . Jugó el número bonito aunque a esta hora a la inmensa mayoría no le ve nada bonito. Y entró en su bar, y en su billetera entró también el chaval que organiza la excursión, y el partido político, y el sindicato y venga, y que sí, y que ésta es la buena y dame una participación, o dos. Nos va a tocar, que los incendios, que las inundaciones, que el Salnés. Pero usted no lo pensó bien. Ni siquiera se le pasó por la cabeza. No echó de menos al calvo de la lotería y cuando sale el neoanuncio lotero en la tele sabe que están hablando de usted. Se recostó en su sillón y fabuló con el coche nuevo, el piso nuevo, con Cancún (con Cancún no, porque se le vino Ana María Ríos a la cabeza). Después rememoró mil frases célebres: los hay tan pobres que sólo tienen dinero; nada contribuye menos a la alegría que la riqueza (Schopenhauer, que era un triste); dinero, dinero, vil metal. Pero esas frases célebres, como la mayoría de las frases célebres, son mentira. Terminó la cerveza y se quedó durmiendo en la arista de una copa de sueños. Despertó, compró La Voz mientras escuchaba Radio Voz y se puso con la cosa del cruasán a esperar que el niño santo de Ildefonso cantase su número. Y todo porque no lo pensó demasiado: usted paga, el señor Estado cobra. La mayor parte de la pasta va para Hacienda, que somos todos, dicen. La lotería es el impuesto que nos ponen por nuestra ilusión. Y pagamos siempre. Aunque nunca nos toque. Hasta hoy... probablemente.