Desde Andalucía con amor


MIENTRAS La Voz anunciaba que cada día en Galicia se detecta un caso de maltrato a menores, en otro lugar, un cantaor llamado Capullo de Jerez quería quemar con gasolina a una mujer y su hijo (que iba en coche de bebé). Ignoro si el nombre exacto del cantaor es Capullo de Jerez o «el» capullo de Jerez, es una duda que en este momento me atormenta. Si se me disculpa la broma, que en estos casos no es pertinente, tendría modos mil y maneras varias de transpolar el cante y el cantante a los pagos de la violencia y el apotegma del dale duro que la vida es muy cruel. No lo voy a hacer porque hay cosas a las que les sobran las bromas. El mundo, digo, se ha vuelto loco. Pero se ha vuelto loco hace muchos años. El comentario, por lo tanto, no debo encauzarlo por ahí. El hombre es un lobo para el hombre, lo sabemos desde siempre. Pero si el lobo es gallego, la cuestión es diferente. Cuando se muere un niño de hambre o cuando un héroe se carga a su perro y es recibido con vítores, los gallegos somos lo que somos: lo peor de lo peor. No pasa en otras latitudes. Porque si pasase, yo diría que el folclore andaluz acaba como acaba: con una lata de gasolina amenazadora sobre el carrito de un bebé. O diría que Andalucía entera es el Far West y que el cante flamenco sobrevuela violentamente la faz de la España de garrote vil y de Goya.No lo hago. Porque a los gallegos nos cuesta generalizar, porque toda generalización es errónea y porque capullos los hay en Jerez y en todas partes. Por lo tanto escribo desde Andalucía con amor. Con sus castañuelas, con su Torremolinos y su Pantoja, con los Toros ensangrentados. Son tópicos, lo sé. Como también son tópicos los otros. Galicia no es lo que se dice de nosotros últimamente. Es bueno que se sepa: somos mejores.

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