Antonio Casares, pionero de la luz

Por dos veces Compostela iluminó España con nuevas luces: la primera, en el milagro sobrenatural del campo de las estrellas, en el siglo IX; la segunda, por el milagro científico de la luz eléctrica, de la mano del sabio monfortino Antonio Casares y Rodrigo, tal día como hoy de 1851.


Antonio Casares y Rodrigo nació en Monforte en 1812. En 1836 es licenciado en Farmacia por la Facultad de San Fernando y ese mismo año gana por oposición la cátedra de «Química aplicada a las artes» de la Sociedad Económica de Amigos del País de Santiago. En 1841 se doctora en Filosofía con el tema «¿Se mueve el Sol con un movimiento diurno alrededor de la Tierra o ésta en torno al Sol con un movimiento anual girando al mismo tiempo sobre su propio eje?», lo que nos da una idea del estado de la ciencia. Y es que hacia 1851 más del 80% de la población española era analfabeta. Pero entre las clases cultas bullía un dinámico sector ilustrado que confiaba en el progreso a través de la experimentación y la ciencia aplicada. Casares sobresalió entre éstos. 1851 es el año del Concordato que estableció la paz con la Iglesia tras la desamortización de finales de los años 30. Es el año en que se abre la segunda línea férrea española, entre Madrid y Aranjuez. Y el del nacimiento de Emilia Pardo Bazán y de Manuel Curros Enríquez. Una Rosalía Castro adolescente comenzaba a destacar en el Liceo de la Juventud compostelano. Las universidades acababan de quedar bajo el patronato del Estado por el plan de Gil y Zárate, pero sólo Madrid podía expedir títulos de grado superior. En Santiago, los físicos seguidores de Newton tenían que vérselas con los mejor respaldados físicos aristotélicos. Los fenómenos calóricos todavía se explicaban por la teoría del flogisto, un imaginario compuesto integrante de todos los cuerpos que se desprendía de ellos durante la combustión. Pero en el programa de Química de Casares de finales de los años 40 ya se proponía frente a la «teoría de Stahl o del flogisto» la «de Lavoisier y electroquímica». Allí se explicaban también los fenómenos eléctricos y la pila de Volta.Casares, como un investigador actual, estaba al día de la producción científica europea. En alguno de sus viajes a París debió conocer a Jean Bernard Foucault, el físico que desarrolló hacia 1845 el arco voltaico: entre dos electrodos de carbón conectados cada uno a un polo de una batería, se produce un rayo continuo de alta intensidad lumínica y calórica. Más de cien años después de su descubrimiento, hacia 1970, este mecanismo todavía se utilizaba en los proyectores de cine.El 2 de abril de 1851, el profesor Casares instala su artefacto en el claustro del edificio de la Universidad, la que hoy es Facultad de Geografía e Historia. Era uno de tantos instrumentos experimentales construidos o adquiridos por el activo Gabinete de la Universidad. El arco lo componen dos barras de grafito con un elemento regulador para mantenerlas a distancia constante, conectadas a una batería de cincuenta pilas Bunsen unidas por hilos de cobre que logran una diferencia de potencial de 90 voltios. Las fuerzas vivas, el profesorado y la juventud inquieta acuden a presenciar el experimento. Al caer la noche se conecta el aparato y el público, impresionado, ve cómo el potente haz ilumina el patio del edificio e incluso la torre de la iglesia universitaria. El asombro es absoluto. Ese sol artificial se mantiene encendido durante dos horas mágicas. Cotarelo Valledor describe el acontecimiento en su novela La chispa eléctrica con una frase definitiva: «A noite foi varrida da terra». Ese fue el lema de la exposición que en el 2001 se dedicó al experimento pionero de Antonio Casares y a los inicios de la electricidad. En ella figuraba el arco voltaico con el que Compostela iluminó España por segunda vez en la historia.

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