EN CONJUNTO, Cádiz es como un gran cubo de Oteiza colocado encima de una península, rasgado por hendiduras más o menos ortogonales que conforman el callejero entre el que se filtra una luz especial, mezcla de mediodía y poniente. De su cara superior sólo emergen las vigías, distintivas de una ciudad con vocación marinera, y la catedral con altas torres blancas, cúpula vidriada de amarillo vaticano y una cadencia de arbotantes descendentes. Ella, la seo, es la charnela de las dos perspectivas del borde litoral, según el mar de vendaval quede a derecha o izquierda. Viniendo de la Caleta por el Campo del Sur, la ciudad histórica ostenta construcciones de muy buena traza, perfectamente encajadas en el compacto volumen, sin apenas sobresalir entre las casas de vecinos más modestas, policromas o, con más frecuencia, en bitono y, por lo que se ve, bien rehabilitadas gracias al esfuerzo paralelo de la Junta de Andalucía y el Ayuntamiento. Las calles, en su mayoría tan estrechas que los vecinos de enfrente son al mismo tiempo los de al lado, se abren en plazas con árboles y flores. En el mercado, los promotores de mercancías lanzan sus reclamos y los ciudadanos se apiñan sin rehuir el roce ante los puestos de pescado o en la cola de los churros. En cambio, cuando el mar cae a la izquierda, la arquitectura de los setenta, alineada en tiradas paralelas, ofrece poco interés. La larguísima playa urbana, en contraste, es excelente y la referencia catedralicia, inmutable, corona la magnífica perspectiva que remata el espolón de San Sebastián hincado en el Atlántico. A medio camino del paseo de cornisa, frente a la cárcel real, Álvaro Siza proyectó unas viviendas protegidas, resueltas con maestría y sensibilidad. Los sillares del potente zócalo de piedra ostionera de edad geológica, arrancada de la misma orilla, proceden de las edificaciones preexistentes y fueron conservados por especial empeño del arquitecto. Entre blancos muros se abren los patios donde los vecinos, hartos de admiradores, han puesto rótulos recomendando cerrar las puertas. Sin embargo, cualquiera te invita a entrar en su casa. María, una mujer mayor que llega cargada con la compra, nos va a permitir, sin saberlo, comprobar cómo la realidad del habitante transmuta el proyecto. Aquel espacio inicialmente austero está ahora abigarrado de muebles brillantes, cretonas, colchas de raso, falsos arcos y molduras y, en medio de una limpieza esmerada, profusión de fotos enmarcadas, inventario del darwinismo familiar. Ella está orgullosa de que, desde la misma planta baja, se vea el mar. Me viene a la memoria el parque cementerio de Igualada, quizá la obra más interesante de Enric Miralles. En un descampado, entre muros de hormigón deconstruidos con la armadura al aire, se cuela el duro paisaje, y en medio se alza el potente conjunto escultórico funerario, donde el silencio sobrecoge. Sería demasiado perfecto si los difuntos y sus deudos no hubieran hecho su aportación a base de lápidas, fotos, flores artificiales y detalles kistch que humanizan la severidad del conjunto. Desde el proyecto a la obra trabajamos con supuestos que los ciudadanos confirman o modifican con su habitar. La buena mano del arquitecto perfila una fachada urbana que añade interés a una ciudad bellísima y una ventana por la que María puede mirar al mar.