Cinco horas con Maragall

OPINIÓN

LA PALABRA charnego ya no se utiliza. Era la expresión despectiva con la que en Cataluña se designaba al inmigrante español, sin llegar a tener la carga ideológica del maketo vasco. El mestizaje es tan antiguo que Maragall, ante la pregunta de si un charnego podría presidir la Generalitat, contestó que su ascendencia materna es andaluza. La conferencia del president, concisa y estimulante, incluyó cierta crítica por no haber ponderado en la redacción del Estatuto catalán la relación entre una dinámica alcista difícil de limitar en las demandas y su posterior aceptación. En todo caso, el texto refrendado por sus instituciones está siendo negociado y sigue el trámite constitucional de forma estricta. ¿Qué más se le puede pedir? Como alcalde de una ciudad que se recuperaba de la bradicardia del pasado, con la transformación propiciada por los Juegos Olímpicos de 1992, Pascual Maragall convirtió a Barcelona en símbolo de la renovación urbana en todo el mundo y exportó la idea de la red de ciudades. Cuando consideró que su proyecto municipal había culminado, dejó la alcaldía con absoluta normalidad, como debe ser, y volvió a su perfil profesional, que nunca había abandonado, de investigador, docente, pensador urbano y geoestratega. Entre Roma y Nueva York, donde organizó unos cursos internacionales en los que tuve la oportunidad de participar y que dieron origen a alguna publicación interesante, toma la decisión de volver a la política activa y presenta su candidatura a la Generalitat. La ciudad, la metrópoli como ciudad de ciudades, las redes urbanas y regionales ante la globalización, el federalismo y la subsidiariedad, la lealtad institucional... forman parte del repertorio conceptual que sustenta su pensamiento y su práctica política. Para él, el futuro de un país depende en buena medida de cierta disconformidad con lo que ya es, pues el presente está lleno de insuficiencias, pero también de la revisión de lo que hemos sido, que a veces es puro ritual o leyenda. En este sentido es un político incómodo, porque siempre tiene un pie delante, siempre está subiendo una escalera; está en su sitio y en su tiempo con la mirada puesta más allá. A Maragall le ocupa España, superando la visión doliente o victimista aún arraigada en algún sector social, y por eso, al igual que expandió su proyecto urbano desde el barcelonismo, intenta expandir desde el catalanismo su concepción de una España plural. La presencia del ex presidente Fernando González Laxe dio mayor contexto a una frase de mi presentación acerca de la deuda del PSdeG y de Galicia con el PSC, que en el trámite estatutario, cuando se trataba de imponer una rebaja respecto al régimen reconocido a Cataluña y Euskadi, vino en apoyo de aquel grupo que intentábamos galleguizar el PSOE, con Ceferino Díaz y Rodríguez Pardo, entre otros. Los argumentos jurídicos de González Casanova y Joan Prats fueron decisivos para resolver favorablemente una coyuntura tan complicada. Cinco horas después, al despedirnos, me preguntaba si, a medida que los estatutos se vayan tramitando en las Cortes españolas con sus anhelos, fórmulas y competencias, se le reconocerá a Maragall el mérito de haber ido por delante y demostrar al mismo tiempo su capacidad de negociación.