El Rey y los partidos

| CARLOS G. REIGOSA |

OPINIÓN

LA APUESTA del Rey en su mensaje de Navidad por «el diálogo y el consenso» para resolver las discrepancias ha sido muy bien acogida por las fuerzas políticas, aunque cada una de ellas se haya apresurado a poner el énfasis en lo que más le ha gustado o en lo que más le conviene Lo cual no deja de resultar paradójico, porque son precisamente quienes mantienen alta la tensión política los que aplauden unánimemente la petición real de que ésta desaparezca. ¿Quiere decir que lo van a poner todo de su parte para entenderse o, por el contrario, que fían a la bondad del Espíritu Santo la posibilidad de que tal cosa ocurra? El mensaje del Rey ha sido claro y explícito en el sentido de que la situación política debe serenarse y que las diferencias deben afrontarse «de modo que prevalezca, por parte de todos, la firme determinación de intentar superarlas desde la moderación y el sosiego, mediante la búsqueda del más amplio consenso en el marco de las reglas, principios y valores de nuestra Constitución». ¿Sólo buenas palabras? Sería un error no darles otra dimensión. El mensaje del Rey sale al paso de un mal nacional que se traduce en un aumento de las brechas abiertas y en una progresiva radicalización verbal de lo que podríamos llamar discursos de desentendimiento, tan frecuentes, sobre todo entre los dos grandes partidos (PP y PSOE). Ignoro si las palabras del Rey caerán en terreno fértil, ignoro si fructificarán (desearía que así fuese), pero, abonado ya a un razonado escepticismo, mucho me temo que en enero estemos en la misma senda de la crispación por la que hemos venido transitando últimamente. No encuentro una razón de peso para que no ocurra. Salvo que se encauce adecuadamente la negociación del Estatuto catalán, y el PP y el PSOE dejen para las próximas campañas electorales su ruidosa pirotecnia verbal. Sería bueno para todos, y también para la percepción que los ciudadanos tenemos de la política. Por mi parte, del mensaje del Rey me quedo con lo de «España es una gran nación». Porque lo es, en su pluralidad y su diversidad, pero también en su unidad esencial. Y está bien que nos lo digamos... al menos por Navidad. ¡Realmente!