Ruralex

CÉSAR CASAL GONZÁLEZ

OPINIÓN

COSAS que no se ven en la ciudad: un murciélago con los brazos en aspa en la contra de una ventana. Una alfombra de castañas en el sendero. Un par de patos salvajes, Zipi y Zape, que alguien abandonó en un prado. Un pastor alemán enorme que galopa como un caballo de carreras. Un grupo de sendeiriñas, setas que, en mucha cantidad, dan bien en la cazuela. Más setas en pandilla, corros de brujas. Ramas sin kiwis por las heladas. Tampoco quedan ya frambuesas en el árbol de las frambuesas. Dos cuervos, de luto, como los de Poe, que vuelan a la caza de huevos de pájaros, carroña o lo que se deje. Una paz que va siempre en primera de tractor, a trote de caracol. Un silencio puro y frío como el agua del río, que te corta, te mata o te espabila. Y un tipo de ciudad que está tan perdido en el campo como lo estaba en el neón gigante de Tokio Bill Murray en Lost in Traslation . Si es de donde venimos los gallegos, del rural, del monte y de la costa, ¿por qué no vamos más? Sobre todo si, como escribió Anne Carson, sólo «somos mortales manteniendo el equilibrio en un día», aunque nos creamos semidioses y eternos. La naturaleza es sabia y, en Galicia, le enseñamos demasiado el culo. cesar.casal@lavoz.es