EL 2005 TAMPOCO será un buen año para Galicia. Después de la catástrofe del Prestige , del Plan Galicia perdido en el laberinto de los ministerios, de las incertidumbres sobre las condiciones y los plazos del AVE, sufrimos un nuevo revés. Una empresa estratégica para esta comunidad, como es Unión Fenosa, cae en manos de inversores ajenos a esta tierra cuando podía haber vuelto a ser gestionada por capital gallego y de ese modo revertir en Galicia parte de los beneficios que en tan gran medida obtiene de ella. Y recibimos esta mala noticia el mismo día en que el Gobierno, olvidando su compromiso de solidaridad y reequilibrio, aprueba unos presupuestos en los que la inversión pública se distribuirá en proporción directa a la riqueza de cada territorio. Desde el sentimiento gallego de La Voz de Galicia, desde la forma de sentir de los que vivimos, pagamos nuestros impuestos y centramos nuestras esperanzas en el progreso de esta comunidad autónoma no se puede entender que el sector energético sea enajenado al capital gallego. Galicia no cuenta en la energía a pesar de lo que le ha sacrificado: tantos valles inundados por embalses, el curso de infinidad de ríos que podrían tener un extraordinario valor turístico, de ocio o paisajístico. A la producción de energía dedicamos también nuestros recursos mineros. Por su sostenimiento soportamos la pérdida de calidad de nuestra atmósfera. Más recientemente, con los parques eólicos, le ofrecemos las cumbres de montes interiores y costeros, restando posibilidades de uso a enclaves naturales de primer orden. Por todo ello no podemos observar la compra cerrada por el presidente de ACS, con el apoyo de otros conocidos empresarios, como una operación más del libre mercado. La explotación de tantos recursos naturales ha de generar una reversión especial de riqueza en el territorio al que se los extrae. Lo contrario es permitir que se repitan los usos absentistas del señorío gallego que en siglos pasados causaron el atraso económico y social de Galicia, por no llevar el análisis hasta encontrar en esta situación características propias del colonialismo. La actuación de la Xunta de Galicia en un caso tan relevante como éste sugiere o bien falta de atención o bien escasa capacidad de influencia. El fin del intervencionismo no debe equivaler a que se descuiden los sectores estratégicos ni se niegue apoyo a iniciativas empresariales en esas áreas de actividad, aun cuando sean llevadas con alguna ingenuidad, como podría haber ocurrido en la venta de Fenosa. El futuro del empleo y de la actividad económica en Galicia no está para permitir que se pierdan más oportunidades.