Santiago Carrillo


AUNQUE no podría asegurarlo al cien por cien, creo recordar que fue el diario New York Times el que en una ocasión definió, con sorna, al comunismo como una doctrina que regía en ciertos países europeos orientales y se estudiaba con dedicación en muchas universidades de América del Norte. Lo cierto es que más allá de la ironía, el comentario acertaba a revelar la doble naturaleza del comunismo, que no constituyó históricamente sólo una forma monstruosa de organizar algunas sociedades atrasadas, sino también una filosofía con una indudable aspiración liberadora.Y es que a diferencia del fascismo o del nazismo, en los que no cabe encontrar sino el horror, la marca comunista ha tenido dos caras a lo largo de la historia: su cara trágica (la del llamado socialismo real: del estalinismo a los jemeres rojos, del maoismo a Ceuacescu o Enver Hodja), pero también su cara heróica: la de todos los que bajo la bandera de los partidos comunistas lucharon por la libertad contra Mussolini o contra Hitler. O contra Oliveira Salazar o contra Franco. Es suficiente con leer las Cartas desde la cárcel , escritas por el líder comunista italiano Antonio Gramsci desde la sucia prisión en la que lo recluyeron los fascistas, para entender esta otra cara liberadora de un pensamiento que sirvió también para construir el gulag espeluznante que describe Soljenitsin en Un día en la vida de Ivan Denisovich . Sin tener a la vista esa doble cara del movimiento comunista no es posible entender la biografía, política y personal, de muchos de sus líderes y, entre ellos, de quien será objeto de homenaje en Ferrol esta semana. Santiago Carrillo, dirigente del PCE durante algo más de veinte años (1960-1982), es ya un personaje de nuestra historia más reciente, a la que pasará con merecimiento por haber realizado una gran contribución, primero a la reconciliación entre españoles y, después, a la instauración de la democracia mejor y más longeva que ha disfrutado este país: la que inauguran las elecciones de 15 de junio del 77. Esas luces han permitido a Santiago Carrillo que la bruma de la historia fuera cubriendo poco a poco las sombras de una biografía política que comenzó hace más de siete décadas y que es, como la de muchos de los comunistas nacidos en su tiempo (1915), una combinación de episodios trágicos y heróicos. Santiago Carrillo, que ha sido muchas cosas a lo largo de una vida apasionante, no ha sido un santo, desde luego. Pero, con sus contradicciones, con sus luces y sus sombras, es hoy una memoria viva y vigorosa de los conflictos de la España del siglo XX, que él ha contribuido, entre otros muchos, a escribir.

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