HAY UN GRUPO demoscópico que pierde todas la elecciones. Al principio avasallan, son mayoría, pero van mermando, se van reduciendo según avanza la campaña electoral. Ese grupo son los indecisos, los que aparentemente no saben a quién van a votar, son los electores del depende perpetuo, los que argumentan que porqué tengo yo que decirles a quien voy a votar, los del eu que sei , los del xa veremos , que unidos a los mentirosos compulsivos y a los abstencionistas por defecto, pervierten los cómputos de las encuestas previas. La derecha los reclama para sí, y extrapola alegremente los porcentajes de indecisos sumándolos a los votos de la emigración. La izquierda no se fía del colectivo de la indecisión, y los nacionalistas saben bien que no hay votos gratuitos fuera de la militancia. Los indecisos no votan a favor de nadie; si lo hacen, votan en contra, consideran el voto como un favor personal, no como un derecho cívico. Galicia es un país en permanente indecisión. No es congénita ni atávica, mas bien coyuntural y acaso oportunista. Los indecisos y los abstencionistas, aunque hagan ejercicio de un derecho legítimo, conforman un totum revolutum que aporta escasos beneficios democráticos. Existen leyendas que encubren con justificaciones ocasionales los porqués de las causas difusas, -¡vaya párrafo!- cuentan un no se qué de un escepticismo que no se corrige con ninguna dosis didáctica de pedagogía política, pero todo ello no pasa de un purparlé de estación que tiene lugar cada cuatro años. La buena noticia , siguiendo el barómetro diario de La Voz, es el descenso continuo del porcentaje de indecisos. Bajan según avanza la campaña; los mítines y las promesas parecen ser un buen antídoto para evitar el non sei . A los candidatos al Parlamento gallego hay que votalos, hay que votar incluso en blanco, votar con y por, para poder exigir después, para incubar el embrión que articule la sociedad civil que demandamos y que ya se está convirtiendo en una urgente exigencia ciudadana. Galicia ya no acepta los enunciados escatológicos que ensucian la campaña, ningún nerviosismo electoral justifica la falta de respeto para con nosotros mismos, ni los chascarrillos infantiles y menos los ripios malintencionados. Galicia exije un gobierno autonómico para todos los gallegos, sin clientelismo, sin exclusiones y marginación. Galicia requiere un nuevo reglamento, unas reglas del juego redactadas con limpieza y modernidad que alejen las sospechas y destierren los dosieres como arma política. Como me estoy poniendo solemne y estupendo, me dispongo a concluir. Si pudiera votar en estas elecciones, si en lugar de vivir en Madrid estuviera censado en Montevideo, tendría decidido mi voto. No me he abstenido en ninguno de los comicios desde la instauración democrática. El derecho al voto ha sido una conquista que dejó a mucha gente en el camino, por todo ello en materia electoral siempre he decidido por mí, aunque nunca he tenido ocasión de ser consultado por una empresa demoscópica. Nunca es tarde.