Demasiados errores

| JORGE DEL CORRAL |

OPINIÓN

04 feb 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

LA DERIVA independentista en no pocos lugares de España y el desafío al Estado de Juan José Ibarretxe y su plan secesionista (rechazado el martes en el Congreso de los Diputados por el 89,43% de la soberanía nacional) es la consecuencia de demasiados errores durante demasiado tiempo. Enumerarlos haría prolijo este artículo, pero cabe citar algunos para no seguir cometiéndolos y llegar a esa playa deseada por Zapatero desde su «optimismo antropológico». Una ley electoral que prima la creación y engorde de partidos independentistas (numéricamente, en el Congreso hablaron el martes más representantes de estos últimos que de los constitucionalistas -6 a 5-) a los que se sigue llamando nacionalistas y unos estatutos de autonomía que como el vasco -no así el gallego y el catalán- se pueden cambiar por mayoría absoluta y no por mayoría reforzada; el uso del término nación para lo que es comunidad y el de país para lo que es región; nominar Gobierno español a lo que es Gobierno central o Gobierno a secas, como contraposición a Gobierno vasco, Gobierno catalán, etcétera., y Parlamento español a lo que es Congreso de los Diputados, también como contraposición a Parlamento vasco, gallego¿; hablar de pueblos en lugar de Estados y mantener las referencias a los derechos históricos, que, como ha dicho Fernando Savater, «son reaccionarios y confusos y por medio de los cuales se mantiene anticívicamente latente la leyenda de los pueblos eternos y prepolíticos»; denominar leyes a lo que son disposiciones y resoluciones autonómicas; calificar de orquesta nacional, museo nacional, biblioteca nacional y auditorio nacional a lo que es orquesta autonómica, museo autonómico, biblioteca autonómica y auditorio autonómico; vocear país y Estado para no decir España; admitir el adoctrinamiento independentista en numerosos libros de texto para escolares y las trabas al uso del español; utilizar mal el adjetivo ciudadano para no emplear el gentilicio español; guardar la bandera española y enarbolar únicamente la autonómica; magnificar lo que nos diferencia y silenciar lo que nos une; pregonar que el nacionalismo independentista se combate con más autonomía; callarse públicamente porque si se formula una preocupación se desestabiliza y, sin embargo, aceptar que los independentistas desestabilicen porque ejercitan un derecho; enmudecer ante quienes afirman que España es un Estado artificial, producto de la yuxtaposición de entidades dotadas de poder originario y no una de las naciones más antiguas de Europa, con 500 años largos de historia en común; dejar a los políticos la solución de los problemas y la creación de otros, sin involucrar más a la sociedad civil; creer aún en la lealtad de los que siempre han sido desleales, y, en fin, seguir contribuyendo, mediante el lenguaje anfibológico y la hipocresía rampante, a que engorde y se reproduzca la hidra balcánica que recorre el espinazo de España. Como dijo Ortega en momentos difíciles, es hora de hacer política de nación frente a la política de Estado.