Un hombre contra los elementos

| ROBERTO L. BLANCO VALDÉS |

OPINIÓN

SALVADO in extremis de la quema, Fraga se presentaba ayer en el Hórreo, con una única buena noticia para animar a su parroquia: exorcizado el maligno provincial, el fantasma de la escisión había desaparecido, cuando menos de momento. Pero ese éxito indudable se le iba a ir de las manos al presidente de la Xunta, mediada la mañana, como el agua se escapa de un cedazo. Una inoportuna lipotimia volvía a poner en el primer plano de la política gallega la dura realidad. Sí, la dura realidad: que, de mantener Fraga su decisión de presentarse a los próximos comicios, el candidato no tendrá que luchar únicamente contra sus competidores. Tendrá que hacerlo también, como aquella armada que era Invencible, pero fue finalmente derrotada, contra los elementos. Y si poco pueden los barcos contra tempestades y galernas, poco pueden los hombres igualmente, por mucho que sea su valor, contra las leyes de la biología, si esas leyes se empeñan en hacer las cosas por su cuenta. Tras lo sucedido ayer por la mañana, el PP tiene ahora tres alternativas: seguir adelante con sus planes; reabrir el debate sobre la sucesión del presidente, a partir del supuesto de que Manuel Fraga no puede ya suceder a Manuel Fraga, por mucho que se empeñe Manuel Fraga; y llamar al cuerpo electoral, para que dé una salida a la actual crisis con su voto. Resultaría explicable que ésta, la de convocar elecciones de inmediato, fuera la última hipótesis de trabajo de los estrategas del PP. Basta con leer la encuesta que La Voz publicaba este domingo para saber que los populares viven hoy el peor momento de su historia desde la llegada de Fraga a la política gallega. Un dato es más que suficiente: por primera vez, en toda la serie histórica de barómetros estacionales de Sondaxe, la intención de voto directo del Partido Socialista iguala a la del Partido Popular. La segunda alternativa, cambiar de candidato cuando ya se ha iniciado la carrera, podía parecer mala anteayer, cuando era difícil imaginar una peor. Pero, a día de hoy, ya no lo es. Porque la evidencia, contrastada en directo por miles de personas y en diferido por millones, es que nada puede haber peor que competir con un líder que tiene todas las condiciones para ejercer su liderazgo salvo la que, constituyendo la base de todas las demás, es, sin embargo, la única que no está en sus manos controlar. Puede el PP, en fin, seguir, como si tal cosa, animando a presentarse a quien, ya exhausto, ha dado momentos de gloria a su partido y ha contribuido, con sus aciertos y sus equivocaciones, a mejorar su país. Ningún hombre debería, sin embargo, imponerse tan penosísima tarea. Ni ningún partido consentírselo.