El veneno de la habituación


DÍA TRAS DÍA, en todas las partes del mundo se violan los derechos humanos, se les dan patadas. Sin embargo el asalto más fuerte y doloroso a los derechos humanos casi pasa desapercibido. Se produce en silencio, siempre escondido en la rutina diaria, siempre muy cerca (en la proximidad directa) de nosotros. Y no pocas veces somos nosotros mismos los autores de este desdén hacia los derechos humanos al habituarnos a las noticias de los que no se cumplen.El artículo 19 de los derechos humanos, que les parece particularmente valioso a los periodistas y publicistas, hace alusión a que «todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión». Grandes palabras para los que firmamos línea tras línea. En casos muy espectaculares, por ejemplo cuando se asesina a un periodista durante el ejercicio de su profesión, tal vez se detiene por un momentito. Pero después, cuando nos llegan demasiadas noticias terribles de todos los rincones del mundo, empieza el embrutecimiento de cualquier atención particular. El veneno de la habituación a las infracciones de los derechos humanos se extiende. Finales de agosto de 2004: en Irak secuestran al periodista italiano Enzo Baldoni y lo ejecutan. Fuera de su patria, Italia, apenas se hacen caso de este suceso. Inmediatamente después de esta ejecución de Baldoni, igualmente en Irak, secuestran a los dos periodistas franceses Christian Chesnot y Georges Malbrunot y los amenazan con una ejecución brutal en caso de que el Estado francés no acepte los chantajes políticos. Estos agravantes dramáticos se pudieron evitar, pero por desgracia hay que contar con otros secuestros similares. Sólo durante los primeros ocho meses del año 2004, 75 colaboradores de medios de comunicación murieron en Irak, según indicaciones de la Federación Internacional de Periodistas. Entretanto se está ya demasiado acostumbrado a estas noticias de Irak. Se empieza a reprimirlas. Simultáneamente le llegan a la asociación Periodistas ayudan a Periodistas (JhJ) peticiones para ayudar a colegas de Bangladesh, Haití y Nepal. Los tres países pertenecen a las regiones más pobres del mundo, en las cuales los periodistas sólo pueden soñar los propósitos del artículo 19 de los derechos humanos. En Nepal, cada vez hay más periodistas que caen entre los frentes de una guerrilla agresiva maoista y los servicios de seguridad nepalíes, que no son menos brutales. De la República Dominicana viene el grito de socorro de un periodista, quien huyó de la persecución política en Haití. Un reportero de Bangladesh, uno de los países más pobres del mundo, ruega apoyo para la adquisición de un portátil, para no tener que redactar sus artículos con una máquina de escribir desvencijada. Excede las posibilidades de la pequeña asociación Periodistas ayudan a Periodistas responder a todas las preguntas con apoyos financieros. A menudo sólo podemos prestar ayuda simbólica. Por ejemplo, para un periodista de Zimbabwe que huyó de las persecuciones del régimen de Mugabe a Alemania. La JhJ le prometía una ayuda para su sustento en el caro exilio alemán. En el ayuntamiento de Munich, la ciudad hermanada de Harare (Zimbabwe), al mismo tiempo se piensa cómo se puede ayudar al colega de una manera más práctica en su lucha por la libertad de prensa en su país. Estas peticiones de apoyo en casos particulares llegan acompañadas por noticias de Irán, de Filipinas, de las Maldivas, de Pakistán, de Cuba, de Ucrania y de Rusia sobre asesinatos, persecuciones y detenciones de periodistas. Darse cuenta de estas noticias sobre infracciones de los derechos humanos y la dignidad humana, a menudo es lo único que se puede hacer. Pero acostumbrarse a estas noticias no significa otra cosa que aceptar, sin resistencia y de una manera inadvertida, el veneno de la habituación a la persecución de periodistas.

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