Estado en obras: atentos a las facturas


NO ERA sólo cuestión de gestos, de gracia ni de talante. Mariano Rajoy ya lo había dicho en una entrevista a La Voz quince días antes de las elecciones generales: «Aznar y yo no somos iguales». Esa misma semana, el mismo día en que José María Aznar condecoraba a los militares que tomaron el islote de Perejil, Rajoy viajaba a Cataluña para compensar las salidas de tono antiautonomistas de la ministra Valdecasas y del presidente de la Comunidad de Murcia y comprometía su disposición a «oír a todos», incluidos los que reclaman una reforma constitucional. No es, por tanto, Rajoy quien ha cambiado de posición, como afirma el PSOE; es el PP, aunque nunca sabremos si de haber ganado el 14 de marzo se impondría finalmente la disposición reformadora del candidato pontevedrés.El caso es que esta responsabilidad corresponde a Rodríguez Zapatero, y no es pequeña. Duran Lleida ya ha salido a airear el fondo de la reivindicación de los nacionalistas catalanes, más o menos asumida por el Gobierno autonómico: «Nos consideran insaciables -dijo ayer-, mientras que, curiosamente, nadie habla mal del cupo vasco». Ni siquiera Duran habla mal del cupo vasco, pero habla, porque sabe que es una notable anomalía. Como buen catalán, el líder de CiU es pragmático: que hay una anomalía, de acuerdo; no vamos a reclamar que se corrija, pero nosotros también queremos nuestra cuota de anomalía. El PP, como oposición que es, sólo va a ejercer un papel moderador en los importantes cambios que vienen. Quizá tenga que dedicar energías a impedir la división que podría apuntar entre aznaristas y marianistas , ahora que se cede a profundizar en el autonomismo. A Zapatero no le va a bastar con el buen rollito que le caracteriza para definir el nuevo modelo de Estado. Tendrá que hacer cuentas. Y afinando.

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