LAS DERROTAS no son fáciles de digerir. No lo son las políticas, ni las económicas, ni las amorosas, ni las intelectuales, ni las laborales. Por eso discrepo de quienes acusan al Partido Popular de no haber asimilado la suya con naturalidad y prontitud. Y discrepo porque a cada uno le lleva el tiempo que le lleva asumirla, y tiene derecho a ese tiempo. A lo que no tiene derecho el perdedor es a poner en cuestión la legitimidad del proceso electoral, atribuyendo los resultados a otra cosa que no sea la voluntad del ciudadano. Ahí está la línea verde que no se debe sobrepasar. Por ello fue encomiable y atinado que Mariano Rajoy y otros líderes del PP adoptasen desde el principio una postura correcta y en general inequívoca. Ello hace menos lamentables los excesos verbales de algunos segundones con vocación de hooligans que han confundido el culo con la témporas, como gustaba de decir el premio Nobel de Padrón. En este caso, como reconoció el propio Aznar, perder ha sido ciertamente para el PP «un contratiempo electoral», sólo más difícil de sobrellevar en la medida en que fue una derrota inesperada y, a juicio de los populares, inmerecida. Nada más. El resto son cábalas o presunciones que justamente tendrán su test en futuras citas electorales. Lo seguro es que no debería seguirse con el asunto a estas alturas, ya que se trata de una cuestión zanjada, más allá de la interpretación que cada uno quiera sostener. La victoria del PSOE puede suscitar toda clase de análisis y de tesis doctorales, pero no es discutible ni atacable. Al final está la matemática de la realidad que determina el éxito de cada cual y que, como escribió el historiador Leopold von Ranke, se convierte en el elemento más persuasivo de todos. Soltar invectivas o indirectas sobre el 14-M, tratando de condicionar el triunfo socialista, es una necedad que se agranda con el paso del tiempo. Estamos a pocos días de la investidura de Zapatero y conocemos ya su futuro equipo de Gobierno. Seguir mirando hacia atrás es opositar, no a la victoria, sino a convertirse en estatua de sal, como le ocurrió a la mujer de Lot. Ya advirtió Oscar Wilde que para comprender el presente hay que entender el pasado, pero no quedarse en él.