Hagan el favor

ASSUMPTA ROURA

OPINIÓN

FIJAR LA VISTA en un foco de luz de muchos vatios puede llegar a producir ceguera. O un deslumbramiento, que es una ofuscación temporal de la vista. Cuando se busca un cierto sosiego, en soledad o para una gozosa conversación, la luz ha de ir acorde con el estado de ánimo que se trata de alcanzar. Vista su influencia, existen hoy grandes profesionales que han hecho de la austera bombilla colgando solitaria del techo el milagro de puntos de luces graduables en intensidad. En cuanto a la voz, su volumen depende de nosotros mismos y de nuestra buena o mala educación. Hay quien grita para manifestar una presunta verdad. En su delirio no escucha lo que dice, o trata de decir, el otro o los otros. La exaltación no es buena para una conversación o debate si partimos de la convicción, como es mi caso, de que ambos son ámbitos en los que tanto los que hablan como los que escuchan -también si hay auditorio-, han de salir de allí sintiéndose mejores personas. Mejores por lo que han aprendido y han conseguido que los demás aprendan; por el respeto sentido y el respeto ofrecido; mejores por las dudas resueltas y las recién descubiertas. Pero en mi país, que es España, se escucha tanto ruido últimamente por culpa de voces exaltadas, que además han conseguido el privilegio de hablar para miles de personas desde los micrófonos de radio u ocupar con sus letras espacios en los periódicos, que después de sentir vergüenza apago la radio o no termino el artículo por higiene, para que, parafraseando el último libro de Javier Marías, no hagan de mí una asesina. Voy a referirme sólo a Cataluña porque yo, que no soy nacionalista y las grandezas de la patria y de cualquier bandera me dan miedo, me siento ahora juzgada por quienes desconocen la compleja realidad de este territorio mediterráneo que aguanta a diario los contratiempos de paisajes geográficos y por tanto humanos diversos y contradictorios. Desde que nací he contemplado con impotencia, primero por razones de una dictadura y después por intereses electorales de unos y otros, cómo en nombre de patrias secuestraban las razones de gentes de todas las clases para convertirlos en disparatadas y demenciales vísceras. Ahora que los cambios son profundos por razones mundiales y no sólo locales, a los catalanes nos tratan de separatistas cuando no de potenciales terroristas. Yo no temo a C. Rovira, aunque no me cae bien; temo esas voces, ese ruido que viene de fuera para alimentar la ira de las fieras.