Cónyuges y sufragistas

| FRANCISCO RÍOS |

OPINIÓN

hablar.bien@lavoz.es «LO DIGO sin ambagues: se trata de una soberbia lección de escritura». El crítico que esto escribió intentaba pronunciarse sin circunloquios, pero en su afán se le deslizó la pifia y convirtió los ambages en un barbarismo. Pertenece el palabro a un grupo cuya nota común es la transformación del fonema consonántico fricativo velar y sordo de gemebundo y gilí en el oclusivo y sonoro de guedejón y guillote . El fenómeno, propio de hablantes descuidados y de desafortunados en el acceso a la educación, se percibe en todo su esplendor a poco que se vea la televisión, ora en boca de presuntos profesionales del medio, ora en la de tertulianos sin más méritos que la desfachatez y la agresividad verbal. Son foros donde se pergueña en vez de pergeñar y donde se comete el conyugicidio de convertir al cónyuge en cónyugue . Tal es el alcance del suceso, que el crimen llega a los selectos escenarios de los telediarios. En su descargo alegará algún infractor que se lo leyó a Covarrubias, que según el Corde escribió que «Adulterio es el engaño que se hace con un cónyugue ajeno» ( Suplemento al Tesoro de la lengua española castellana, 1611), o a José Donoso en Casa de campo: «... aprovechaban la oportunidad de esta paz nocturna y campestre para impartírselo a sus amadas cónyugues». Menos frecuencia tiene hoy, reconocida la igualdad de derechos políticos de la mujer, el empleo de sufraguista por sufragista . La primera, a la que un diccionario humorístico define como 'votante de Manuel Fraga Iribarne', tiene un claro exponente en la escritora y periodista francesa Maria Deraisme, a la que la Gran Logia Simbólica Española retrata como una «conocida sufraguista y feminista». Tal es la epidemia de intercambios fonéticos que un ilustre colegio de abogados que ha difundido entre sus miembros unas instrucciones con las que pretende ayudarlos a redactar las demandas les advierte que no existen ni cónyugue ni pergueñar .