Silvino Cordero, vota


COMO al pobre señor Bermúdez del cuento de Joaquín Belda, la experiencia del arresto de cocina para este pinche en pepitorias electorales ha resultado asaz indigesta, empezando por que mi mesa estaba equivocada, perdida en el limbo de lo increado. Lamentablemente, ninguno de los candidatos ha venido a regalarnos puros, ni menos un billete de diez duros para que almorzáramos los integrantes de la mesa. Lo de los puros pase, porque no soy fumador, pero los diez duros no nos habrían venido mal sobre todo para la honrilla personal de que uno no es tan inútil como para no merecer que le cohechen. Los sufridos votantes que en un alarde de estoicismo tanto resisten campañas electorales como sequías, inundaciones, monarquías o cualquier otro desastre de la naturaleza, van pasando poco a poco por la mesa. «Fulanito de tal¿ vota» salmodia el vocal, mártir dominical de la democracia, mientras que el señor Bermúdez piensa «vota y se va a hacer gárgaras». La rutina discurría penosamente hasta la hora del café. Entonces apareció el señor Cordero. Pero no el auténtico, que el vocal sabía difunto, sino el suplente: un Silvino apócrifo que dejó cierto olor a cadaverina al acercarse a la urna. Consultado el fantasma del genuino Silvino, no puso inconveniente dada la naturaleza de la elección, de modo que se dejo cumplir con el ritual.Luego, el fatigoso escrutinio realizado entre el cansancio de los presentes, con treinta votos en blanco, más casi cuarenta por ciento de abstención, aunque reinaba una magnífica camaradería entre mesa e interventores, fruto de la solidaridad ante la común adversidad. Pero eso no es nada comparado con el suma y sigue de papeles y firmas y contrafirmas con el que las burocracias latinas disimulan su ineficacia. Acabado el arresto, aún sin reponerme del trauma y con el calambre de los escritores, escribo estas líneas que me voy a tomar la libertad, casi la única en todo un día tan democrático, de no firmar. Mientras, quince horas y cuarto después, el candidato vencedor bien puede vanagloriarse del mérito de ganar gracias a los vivos y a¿ los muertos.

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