Democracia de arena

JOSÉ JAVALOYES

OPINIÓN

CONSTRUIR con arena, casi como escribir en el agua. Y de arena está hecha, desagregada en su propio fondo, la que dicen nación iraquí: revuelto cajón de sastre; mezcla de razas y de credos, de sectas y culturas, de sueños y ambiciones, de proyectos divergentes y recíprocos rencores imprescriptibles. «Sueñan aquellos que quieren separar el Estado de la religión», dicen chiíes en Nasiriya después de la primera y desalentadora reunión para consensuar el rumbo hacia la independencia política de Irak, cuando concluya el período de ocupación militar. Todos están en el fundamentalismo y el integrismo: los musulmanes, en su mayoría, tanto muchos de los suníes como la casi absoluta totalidad de cuantos pertenecen al chiísmo, pues sienten como inseparables el credo religioso y el poder político; la autoridad estadounidense de ocupación, con su integrada propuesta de capitalismo privado y democracia; los kurdos, que reúnen e integran en su misma pretensión la libertad política y la económica disponibilidad del petróleo de Kirkuk. Cada uno va a lo suyo y en lo suyo está, como los granos de arena que digo. La artificiosidad de lo iraquí es manifiesta, pues está constituida con parte de los materiales de derribo del Imperio Otomano. Y si el petróleo fue el aglutinante económico (que frustró el Estado para la nación kurda), y la dictadura de Sadam consistió en el corsé político que aherrojó la diversidad constitutiva e irreductible de las gentes mesopotámicas, la debelación del régimen de los de Tikrit reintroduce el petróleo como factor capital -disociante ahora- en el futuro Irak. Existe un Estado pero no hay nación. Y los kurdos, que son nación, carecen de Estado; quieren el petróleo para financiarlo. Sombrío es el camino para esa transición a la democracia. Con la arena de la desagregación étnica, cultural y religiosa sólo se pueden construir castillos, de arena. Pero no cabe, con arena, construir una democracia. Ni siquiera en Occidente.