LO que más me gustaba de él era su condición de mitómano incorregible, incurable, transgresor y divertido. Terenci Moix amaba la vida porque le permitía imaginarse a sí mismo y a los demás como él quería. Enamorado del antiguo Egipto, tenía la habilidad de fantasear con la Historia sin entregar nunca el alma de sus personajes, que, de este modo, se convertían también en mitos, nimbados de eternidad. Marilyn Monroe o Greta Garbo podían ser habitantes de Alejandría, pero nunca podrían dejar de ser parte de su mitomanía cinematográfica, ese mundo en el que él veía la realidad a través de la pantalla. Porque en esos espacios infinitos de la imaginación, Terenci era el niño feliz que siempre permanecía niño y que no quería ser otra cosa. Hace apenas tres años describió su adicción al tabaco y explicó cómo había podido coquetear con casi todas las cosas de la vida menos con el tabaquismo, esa «trampa mortal». Su dependencia («esclavitud» decía él) respecto del cigarrillo puso el más dramático contraste, y también el punto final, a sus horas felices ante una pantalla viendo el humo artístico de la nouvelle vague o del duro y admirable Bogart. Esta semana pidió un último Ducados y el proyector se apagó.