Reclutas a la fuerza


CUANDO el secretario de Defensa norteamericano, Donald Rumsfeld, advierte de que la inminente guerra será corta («seis días o seis semanas -dice- pero nunca seis meses») estremece pensar los medios que se utilizarán para conseguir la victoria.Después del efecto Hiroshima/Nagasaki sabemos que la duración de una guerra es inversamente proporcional al método que se emplee para terminarla y hasta el momento nadie ha dicho qué medios está dispuesto a emplear George Bush para cumplir el mandato divino que inspira su desvarío.EE. UU. no plantea la guerra contra Irak como un encontronazo entre ejércitos, sino como un ataque masivo y exterminador contra la población civil donde la tecnología suplirá a la mano de obra y donde las bajas no tienen por qué vestir uniforme. Cuantos más muertos se contabilicen entre niños, ancianos, hombres y mujeres inocentes, más daño habrá sufrido el adversario y mayor éxito habrán tenido las operaciones militares. Este bárbaro planteamiento es aceptado con nturalidad por los dirigentes que discuten si la justificación para intervenir en el conflicto es una u otra resolución de la ONU, el control del petróleo o la vesania del sátrapa irakí.Pero no deberíamos ignorar que en el otro lado de la trinchera virtual estamos los millones de personas que vivimos en el «eje del bien», convertidos en combatientes a la fuerza y formando un ingente ejército pasivo contra el cual dirigir la respuesta que se haya de producir. Por cierto, sin capacidad siquiera para declararnos insumisos o para desertar. En este nuevo estilo de matar y morir, se empleen misiles o bacterias asesinas, bastará con vivir en un país considerado enemigo potencial por otro, para pasar a ser el blanco perfecto.

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