A MEDIDA que se acerca la fecha del 27 de enero la situación internacional se complica y se hace más grave. En la citada fecha, los inspectores dirigidos por Hans Blix deben emitir un primer informe sobre las investigaciones en Irak para dar cumplimiento a la resolución 1.441 del Consejo de Seguridad de la ONU. Los inspectores están recibiendo datos de los servicios de inteligencia de EE. UU. y del Reino Unido, pero, de momento, nada indica que se encuentren evidencias de las armas de destrucción masiva que estarían en poder de Sadam Huseín tal y como afirman Washington y Londres. En tales circunstancias, la legitimación política para la intervención estadounidense se hace más precaria, la situación de la diplomacia de los EE. UU. se torna más embarazosa al carecer del argumento básico que podría justificar la guerra, y la actitud de los aliados de Washington se percibe más reticente. Además, el panorama se complica con la crisis de Venezuela, la escalada nuclear con Corea del Norte y con la inesperada petición de Álvaro Uribe, presidente de Colombia, solicitando que EE. UU. realice en su país un despliegue militar similar al previsto en Irak para neutralizar una actividad guerrillera que ya dura cuarenta años. Para acabar de dificultar las cosas, el precio de barril de petróleo alcanza ya los 33 dólares y no faltan expertos que, ante una guerra en Irak que pueda durar varios meses, estiman que el precio pueda ascender hasta los 50 o 60 dólares. En estas circunstancias, no es extraño que las alianzas con Bush se debiliten y se estudie otro escenario con menos riesgos. La espectacular reaparición el eje franco-alemán, tomando distancias con los planes militares, entorpece la maniobrabilidad de Bush en el Consejo de Seguridad. La exigencia de una segunda resolución del Consejo para iniciar las acciones militares deja a Washington en una situación delicada. Al menos tres miembros permanentes del Consejo de Seguridad con derecho de veto, como son Francia, China y Rusia, instan a Bush para que evite una guerra de consecuencias imprevisibles. Turquía, con un nuevo gobierno islamista moderado, está poniendo muchos reparos para el lanzamiento de ataques desde su país contra Irak utilizando la larga frontera común. Y Anthony Blair, con una fuerte oposición a la guerra en su partido y en la opinión pública, no niega la posibilidad de una segunda resolución. Por último, el reciente artículo de Javier Solana, mister PESC , llamando la atención sobre el deterioro del vínculo transatlántico por la política de «guerra preventiva», permite suponer cuál es el estado de ánimo en las cancillerías europeas. ¿Y España? José María Aznar insiste en mantener un apoyo sin condiciones a Bush pero no comparecerá ante el Parlamento para informar y recabar la opinión de los españoles y de las partidos políticos. ¿Es razonable?